L i t e r a t u r a

Proyecto Salón Hogar


 

 

(Del lat. litteratura); sust. f.

1. Entre las bellas artes, la que se sirve del lenguaje humano -escrito o hablado- como instrumento para la creación de una obra poética: la función poética del lenguaje tiene su máximo rendimiento en el ámbito de la literatura.


2. Teoría de la composición literaria: muchos escritores célebres no tienen ni idea de literatura.


3. Conjunto de las composiciones literarias escritas en un mismo país, período, género, idioma...: la literatura picaresca halla su formulación definitiva en el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán.


4. [Por extensión de las acepciones 2 y 3] Asignatura o disciplina académica cuyo alcance abarca el estudio de diversos contenidos literarios, desde los más generales a los más concretos (ú. s. en mayúscula): aquel profesor enseñaba muy bien la Literatura de los Siglos de Oro.


5. Conjunto de obras que tratan sobre una misma materia: no se conoce un caso igual de egolatría en toda la literatura psiquiátrica.


6. [Uso figurado y despectivo] Bagatela, nonada, palabrería hueca que sólo pretende hinchar u ornamentar el contenido de un mensaje:
Benavides, le he suspendido porque su examen tiene mucha literatura, pero muy poco contenido substancial.

Sinónimos
Poesía, creación, letras, bellas letras, humanidades, escrito, información, palabrería, circunloquio, rodeo.

Modismos


Hacer literatura. [Uso figurado y despectivo] Inflar un mensaje con palabras innecesarias o rimbombantes que no aportan ningún significado substancial.


Literatura de cordel. La impresa en papeles sueltos que solían ponerse a la venta colgados de unos hilos de bramante.

1. [Por especialización] La que se ocupa de materias populares como los romances, las vidas de santos, las noticias truculentas, las historias de pícaros y otros géneros que se prestan a su impresión en pliegos sueltos.
Literatura barata. [Uso figurado y despectivo] Circunloquio o rodeo que pretende alejarse del meollo de la cuestión tratada. 2. Pretexto o excusa que no resulta convincente.
 

 

Grandes Escritores

A
  
Albert Camus
  
Alberto Moravia
 
 Alejandro Dumas
  
Alejo Carpentier
  
André Gide
 
 André Malraux
  
André Maurois
  
Andrés Bello
 
 Antoine de Saint-Exupery
  
Anton Pavlovich Chéjov
  
Antonio Machado
 
 Aristófanes
  
Aristóteles
  
Arthur Schopenhauer

B
  
Baltasar Gracián
 
 Baruch Spinoza
  
Benito Pérez Galdós
 
 Bertrand Russell

C
  
Carlos Dickens
  
Charles Robert Darwin
  Chateaubriand

D
  
Dante Alighieri
 
 David Thoreau
  
Delmira Agustini
  
Denis Diderot
  
Desiderio Erasmo

E
 
 Edgar Allan Poe
  
Eduardo Caballero Calderón
  
El inca Garcilaso de la Vega
 
 Elizabeth Barrett Browning
  Emilia de Pardo Bazán
 
 Emilio Salgari
  
Emily Dickinson
  
Emmanuel Kant
  
Ernest Hemingway
  
Esopo
  
Esquilo

F
  
Federico García Lorca
  
Fernando Pessoa
  
Fiodor Dostoyevsky
  
Francesco Petrarca
  
Francisco de Quevedo
 
 Francois Marie Arouet (Voltaire)
 
 François Mauriac
 
 François Rabelais
  
Franz Kafka
 
 Friedrich Nietzsche

 

G
  
Gabriel García Márquez
  
Gabriela Mistral
  
Geoffrey Chaucer
  
George Eliot
  
George Sand
  
Germán Arciniegas
  
Gertrudis Gómez de Avellaneda
  
Giovanni Boccaccio
 
 Giovanni Papini
 
 Graham Greene
  
Guillermo Valencia
  
Gustave Flaubert
  
Guy de Maupassant

H
 
 Hans Christian Andersen
  
Henrik Ibsen
 
 Henry James
  
Herbert George Wells
  
Homero
 
 Honorato de Balzac

I
  
Iván Turguéniev

J
  
Jack London
  James Joyce
  
Jean Jacques Rousseau
  
Johann Wolfang von Goethe
 
 John Locke
 
 John Milton
  
John Steinbeck
  
Jonatham Swift
 
 Jorge Isaacs
  
Jorge Luis Borges
  
Jorge Santayana
  José Martínez Ruiz (Azorín)
  
José Asunción Silva
  
José Enrique Rodó
  
José Eustasio Rivera
 
 José María De Pereda
  
José María Vargas Vila
  
José Mármol
  
José Martí
  
José Ortega Y Gasset
  
José Santos Chocano
  
José Vasconcelos
  
Joseph Conrad
 
 Juan Carlos Onetti
  
Juan Montalvo
  
Juan Ramón Jiménez
  
Juan Rulfo
  
Juan Valera
 
 Julio Cortázar
  
Julio Flórez
  Julio Verne

L
  
León Tolstoi
 
 Leopoldo Lugones
  
Luis Carlos López
  
Luís Vaz de Camões

M
 
 Madame de Stael
  
Marcel Proust
  
Marco Aurelio Antonino
 

  Marco Tulio Cicerón
  
Marie Jeanne Roland
  
Mark Twain
  
Máximo Gorki
 
 Michel de Montaigne
  
Miguel Angel Asturias
  
Miguel Antonio Caro
 
 Miguel de Cervantes Saavedra
  
Miguel de Unamuno
  
Molière
  
Montesquieu

N
 
 Nathaniel Hawthorne


  
Nicolai Gogol
  
Nicolás Maquiavelo

O
  
Octavio Paz

P
  
Pablo Neruda
  Pearl S. Buck
  
Pedro Calderón de la Barca
  
Pierre Corneille
 
 Pío Baroja
  
Platón
 
 Plutarco
  
Porfirio Barba Jacob
  Publio Virgilio Marón

R
 
 Rabindranath Tagore
 
 Rafael Pombo
 
 René Descartes
 
 Ricardo Palma
  
Rómulo Gallegos
  
Rubén Darío
  
Rudyard Kipling
  
Rufino José Cuervo

S
 
 Samuel Beckett
 
 San Agustín
 
 Santa Teresa de Jesús
  
Simone de Beauvoir
  
Simone Weil
 
 Sófocles
 
 Soledad Acosta de Samper
 
 Somerset Maugham
 
 Sor Juana Inés de la Cruz
 
 Stendhal

T
  
Thomas Carlyle
 
 Thomas Mann
  
Thornton Wilder
  
Tito Maccio Plauto
  
Tomas Carrasquilla

V
  
Vicente Blasco Ibáñez
  
Víctor Hugo
  
Virginia Woolf

W
 
 William Faulkner
 
 William Shakespeare

 

Resumen

En el pasado, bajo la denominación de literatura se incluía cualquier forma de texto o de mensaje codificado por medio de la escritura. La especialización del término en el sentido que hoy le damos sólo tuvo lugar ya entrado el siglo XVIII, cuando con literatura comenzó a aludirse a todos los escritos de una nación que respondían a impulsos de orden artístico o estético; con todo, sólo en el siglo XIX y a través de la profundización en los estudios de Estética, se asentaron las ideas desarrolladas por Kant en su Kritik der Urteilskraft de 1790. Fueron los críticos románticos quienes acabaron de cimentar la idea de que la Literatura se interesa por las obras de arte del lenguaje, transmitidas por escrito o a través de la palabra pura. Mientras en el pasado habría sido imposible hablar de literatura oral, hoy la oralidad es uno de los ámbitos de estudio más gustados por los historiadores de la literatura y los filólogos.

Aun después de dejar sentadas estas premisas, las dificultades continúan al delimitar el espacio propio de la Literatura, que no sólo ha oscilado a lo largo del tiempo sino que además muestra su inestabilidad en el presente; de hecho, resulta arduo establecer los límites del fenómeno literario en géneros como el ensayo, la escritura científica, la historiografía en sus diversas formas (particularmente la biografía), el periodismo y el arte epistolar. Los textos literarios son estudiados por varias disciplinas, generales o específicas: la primera de todas es la Gramática, desde el momento en que la obra literaria se atiene a las reglas de la lengua en que está compuesta; la segunda es la Retórica, que regula la composición de toda forma de discurso, y muy especialmente el literario por la riqueza y variedad de figuras de dicción y pensamiento de que se sirve; por fin, la Poética es exclusiva de los textos literarios y enseña a componer de acuerdo con unos determinados patrones genéricos.

Estas tres ciencias para el estudio de la literatura nos revelan cuál es su esencia: el lenguaje, elaborado de un modo que lo convierte en una obra de arte, al superar su mera función informativa. Hay toda una serie de rasgos característicos de las obras literarias (como la función poética, estudiada por Jakobson) que permiten referirse al lenguaje literario en abstracto; sin embargo, las infinitas formas de plasmar dicho lenguaje determinan los lenguajes particulares de época, de género y de autor. En estos casos, y particularmente en el último, hablamos de estilo. Pertrechados de herramientas de tipo lingüístico, los autores abordan temas que, a nuestros ojos, revelan un grado de originalidad diverso, pues hay épocas y escuelas, como también hay géneros y artistas, que gustan de volver una y otra vez sobre unos mismos asuntos o motivos.

Esto es lo que se desprende de una lectura amplia de los trovadores occitanos o de la lírica de los cancioneros castellanos del siglo XV; lo mismo cabe decir de buena parte de los poetas italianizantes del siglo XVI o, en su conjunto, del arte del siglo XVIII. Ciertamente, la búsqueda de la originalidad, de la novedad y de la sorpresa, tal como hoy las entendemos, es característica de determinadas épocas, como el Barroco o diversas generaciones artísticas desde el Romanticismo para acá; con todo, hay mucho de común en los creadores de una misma época, aunque haga falta la perspectiva que brinda el paso de los años para ser capaces de captar la coincidencia en las formas y los temas, en las tendencias y los gustos en general. Los modernos estudios de Antropología, con la Filología y la Historia de la Literatura, han mostrado hasta qué punto hay una continua recurrencia temática incluso en géneros que parecen de una riqueza inagotable, como el cuento popular o folklórico.

Los rasgos distintivos del arte de cada época se captan tanto en la manifestaciones plásticas (pintura, escultura, arquitectura y otras formas) como en la literatura, por lo que un estudio conjunto resulta de lo más revelador, como proponen diversas escuelas. En todos esos códigos artísticos hay, en dosis diversas, un propósito estético y didáctico; en particular, a lo largo de los tiempos, la literatura ha perseguido un doble fin: entretener y moralizar; el triunfo de la estética sobre cualquier otra dimensión textual sólo se ha logrado (y eso como planteamiento teórico) a través de un proceso que continúa hasta nuestros días y en el que hay continuos vaivenes. Además, nos consta que cada época se ha acercado al arte, del pasado o contemporáneo, de la manera que más le convenía, como se percibe por ejemplo en las varias lecturas que del Quijote se han hecho desde el siglo XVII hasta el presente.

En cualquier caso, hemos de aceptar que el arte de todos los tiempos recoge aquello que le interesa del pasado aceptándolo tal como es o distorsionándolo hasta llevarlo a coincidir con su estética propia; no obstante, nunca debe escapársenos que toda época tiene la razón (o, lo que es igual, no se equivoca) en lo que a su arte se refiere. Por ello, si queremos entender cualquier momento histórico, estamos obligados a considerar su producción literaria libres de prejuicios, con independencia de que su literatura coincida o no con los gustos actuales. La transmisión de los textos, desde el pasado hasta hoy mismo, se revela tan tortuosa como accidentanda, con una pérdida constante de obras que se debe a la fragilidad del soporte en que se transmiten, sea éste la pura voz (oralidad pura), la escritura (tradición libraria, manuscrita o impresa) o bien una combinación de ambas (tradición mixta).

Las obras literarias nos transmiten la imaginación artística y la ideología de quien las escribió así como su percepción del mundo; no obstante, el autor suele estar supeditado a condicionantes que, en algunas ocasiones, hasta llegan a distorsionar sus principios estéticos e ideológicos. Por supuesto, la presión más fácil de percibir es la que ejerce el público o destinatario, sea uno o múltiple, pues el escritor en ningún caso pretende frustrar sus expectativas y, en definitiva, no suele arriesgarse a perderlo. La relación entre el autor, la obra y su público es diversa y nos transmite una ideología en la que destacan los conflictos de clases, grupos o estamentos; la defensa de nacionalismos, de determinadas dinastías o linajes; en último término, la escritura se revela como un instrumento perfecto para la preservación de una religión o una ley así como para la constitución de castas religiosas. Existen formas de escritura para el gran público (o literatura de masas), manifestaciones populares o folklóricas (transmitidas por cauces orales) y textos nacidos para alcanzar a un puñado de destinatarios (que pretenden complacer a la persona a quien van dedicadas y no circularon posteriormente) o a un grupo selecto de iniciados (como la lírica de la segunda mitad del siglo XX, restringida a un puñado de creadores y lectores avezados).

Arriba nos referíamos a la Poética como ciencia que atiende a los principios de creación de las obras literarias; ahora procede señalar que, con independencia de que haya o no una preceptiva escrita, los autores de cualquier época cuentan con una serie de modelos o patrones heredados que les brinda la tradición y que son sometidos a una transformación paulatina, con aciertos y errores, con avances y retrocesos, lo que en definitiva marca los derroteros de la literatura a lo largo de los siglos. Esos modelos de creación (desde la perspectiva del escritor) o pistas para una recepción adecuada (desde el punto de vista del público) son los géneros literarios, que se sirven de la prosa, del verso o de otras formas de escritura híbridas, como el prosímetro, la prosa rimada o el cursus. Los géneros llamados naturales son los que se engloban en la lírica, la épica y el teatro; con todo, hoy hay otro mucho más pujante a pesar de su ausencia de la vieja preceptiva, la novela, junto a otros que, como la sátira muestran su vigor en un determinado momento histórico o a lo largo de los siglos. El estudio de los características del arte de cada momento hace posible la periodización literaria, con la delimitación de grupos o de generaciones, atendiendo a criterios comunes a todas las artes o específicos de la literatura. Éste y los problemas previos entran dentro del ámbito de la Teoría de la Literatura, que también atiende a las numerosas corrientes de crítica literaria que desde la Antigüedad se han aproximado al fenómeno literario.

El término "literatura"

Como se deriva de sus diferentes acepciones, el término es claramente polisémico. En su origen, esta voz no tenía el valor específico que limita su uso a las bellas letras, que atañe tan sólo a aquellos escritos que se presentan como obras de arte del lenguaje y cuyo fin es fundamentalmente estético o poético. El Diccionario de Autoridades (1732) recoge aún claramente este valor no restringido o especializado de literatura, pues nos da como acepción primera la que sigue: El conocimiento y ciencia de las letras; sobre su étimo, añade: Es voz puramente latina. Aunque los diccionarios modernos poco o nada dicen sobre este significado genérico, desde que se documenta por vez primera hasta finales del siglo XVIII, con literatura se aludía, de un forma amplia, a cualquiera de las múltiples manifestaciones del pensamiento humano expresado en términos lingüísticos y plasmado en forma escrita .

La palabra littera, ´letra´, en su forma plural (litterae) significaba lo mismo que el latín epistula o el castellano carta; al mismo tiempo, dicho significado se extendía a cualquier modalidad de escritura y se aplicaba a los textos literarios propiamente dichos, esto es, a las bellas o buenas letras, aquello que hoy se entiende por literatura sin ningún tipo de ambages. Cuando litteratura surge en latín, lo hace en relación absoluta con el griego grammatiké, voces éstas que servían para aludir a una misma ciencia o técnica, relativa a las letras, la lectura y la escritura. Resulta de lo más revelador que, en el mundo latino, litterator fuese un sinónimo de grammaticus, palabra con la que se designaba también a aquellos profesionales que enseñaban el alfabeto, las letras o la gramática en los niveles más elementales o primarios; no obstante, como veremos en otro apartado posterior, era precisamente la Gramática la disciplina que se ocupaba del estudio de los textos literarios o poetarum enarratio, razón esta por la que al grammaticus le correspondían también los niveles más avanzados.

La evolución semántica de literatura y términos equivalentes en otras lenguas aconteció, como se ha indicado, en el siglo XVIII. Los primeros testimonios de este cambio nos los ofrecen las culturas italiana y francesa, desde la primitiva Storia della letteratura italiana de Girolamo Tiraboschi de 1772 y la Histoire littéraire de la France compilada por los benedictinos de Saint-Maur en 1773. Desde esas fechas, el concepto comienza a fijarse por toda Europa, aunque todavía hoy haya enormes dificultades para deslindar el ámbito de lo literario. Durante el siglo XIX, los eruditos (filólogos y folkloristas) se sirvieron del término para acoger también aquellas manifestaciones del lenguaje artístico transmitidas por vía puramente oral, con un uso que continúa hasta el presente y que nos obliga a su consideración pormenorizada algo más adelante. Los estudios literarios encuentran en las composiciones transmitidas por vía oral un objeto de investigación tan legítimo como el que ofrecen aquellas otras salvaguardadas gracias a la escritura.

Literatura y escritura

La literatura o (su sinónimo o cuasi-sinónimo de acuerdo con su definición primaria) la escritura nació imbuida del poder que le confería su condición de arcano, de herramienta manejada exclusivamente por un puñado de iniciados, pertenecientes por lo general a las castas privilegiadas del funcionariado regio o del sacerdocio. En cualquier cultura, los primeros textos escritos documentados caen comúnmente en la órbita de la religión, la historia o el derecho; a veces incluso, dichos documentos pertenecen a esos tres ámbitos a un mismo tiempo, como ocurre en el caso del pueblo judío y su Biblia, una obra que es leída como crónica de los principales hechos del pasado, que constituye el texto sagrado por excelencia y que es considerado como la Ley, por lo que frecuentemente recibe esta misma denominación, La Ley.

Los textos primitivos adoptan comúnmente la forma de prosa, pero tampoco rehúyen el verso, especialmente idóneo por sus ventajas mnemotécnicas y por resultar de lo más apropiado para géneros como la épica y la lírica , dos modalidades de poesía que suelen aparecer entre los testimonios más madrugadores. La escritura tampoco es ajena a los textos religiosos, como se desprende de varios ejemplos bíblicos o del Carmen fratrum Arvalium y el Carmen Saliorum, piezas pertenecientes al siglo V o VI a.C. La célebre Ley de las Doce Tablas latina del siglo V a.C. nos enseña que el carmen (término procedente del verbo latino cano, cantar), que en realidad es prosa rítmica, con miembros ponderados, aliteración y hasta rima, aparece incluso en el mundo de la antigua legislación. Tampoco es nada raro que, en las literaturas primitivas, se entremezclen los ejemplos en prosa y verso, según se comprueba en las viejas crónicas de Castilla, como el Chronicon mundi latino de Lucas de Tuy (1236), o la Crónica de la población de Ávila vernácula (hacia mediados del siglo XIII), donde se inserta un par de cantarcillos populares primitivos: la derrota de Almanzor en Calatañazor y el panegírico de un héroe local, Zorraquín Sancho, respectivamente.

Desde sus orígenes, la escritura y las artes literarias revestían a quienes las cultivaban de una dignidad especial, ya que sólo ellos se mostraban capaces de preservar los más elevados ideales, aquellos que facilitaban y animaban la cohesión de un pueblo; por otra parte, la memoria hubo de buscar el auxilio de la escritura para perpetuar cualquier tipo de conocimiento, lo que condujo a que el libro, en cualquiera de sus formas, se constituyese en el instrumento imprescindible del intelectual o sabio, ya fuese para consultar lo que otros habían dicho previamente o salvaguardar su propio pensamiento y transmitirlo a las generaciones futuras. Los tres grandes modelos humanos en toda sociedad, de acuerdo con Max Scheller, son los que nos brindan el santo, el héroe y el sabio; por lo que a este último se refiere, queda claro que su figura iba indefectiblemente unida a los libros, que le brindaban autoridad y que incluso ayudaban a identificarlo.

Por ello, la escritura por sí sola despertaba un sentimiento de profundo respeto y hasta de veneración, con independencia de la materia recogida por medio de su uso; obviamente, esto resulta especialmente comprensible en el caso de los textos legales y, sobre todo, en el de las escrituras sagradas de las religiones monoteístas, que encuentran su fundamento en un libro que recoge la palabra divina (en las religiones judía, cristiana y musulmana). A este respecto, debe considerarse la solemnidad con la que es tratada la Torá), al copiarla (siempre en forma manuscrita, desde el pasado hasta el día hoy), al leerla (con la ayuda de un puntero), al custodiarla para el culto (en un armario, llamado arca sagrada o ´aron ha-qodes) o al guardarla tras su envejecimiento y deterioro por el uso continuo (en un archivo de libros o guenizá).

Sin ninguna duda, el arte de leer y escribir fue especialmente apreciado y hasta sublimado en sociedades mayoritariamente analfabetas como las antiguas; en Roma, por ejemplo, el analfabetismo era generalizado, pues incluso sabemos que la mayoría de los lectores sólo se sentían capaces de reconocer los caracteres de inscripciones epigráficas, se defendían con la lectura de algunos documentos y nunca habrían osado enfrentarse con un papiro de contenido literario; la mayor parte, además, nunca había garabateado una sola letra. El panorama cambió poco a poco, con un notable avance en términos cuantitativos y cualitativos a partir del siglo II. En el Medievo, percibimos este avance, aunque con una lentitud extrema; de hecho, la tasa de lectores en potencia en España hacia el cierre de la Edad Media debía rondar como mucho el diez por ciento de la población; todavía en pleno siglo XVII, los cálculos de los estudiosos nunca llegan más allá de un veinte por ciento de posibles lectores. La transformación de este panorama sólo se produjo, y de un modo ciertamente paulatino, desde el siglo XVIII y con notable celeridad a lo largo del siglo XX. El destierro del analfabetismo en el mundo civilizado sólo ha tenido lugar en el último cuarto de esta última centuria, aunque todavía haya un número muy pequeño de analfabetos profundos y un porcentaje notablemente mayor de semianalfabetos; en el Tercer Mundo y algunos países en vías de desarrollo, el analfabetismo alcanza a una gran parte o a casi la totalidad de la población.

Así las cosas, se explica claramente el prestigio de la literatura o la escritura, en sus diferentes modalidades, y el de sus cultivadores, desde los primeros letrados (litterati), que dominaban ambas técnicas, hasta alcanzar a los eruditos de las especialidades más diversas. El prestigio de la cultura libraria fue, desde la Antigüedad hasta el presente, mucho mayor que el de la cultura oral, única vía para la instrucción y transmisión del saber común del pueblo llano, mayoritariamente iletrado a lo largo de los siglos. Ello no es óbice, no obstante, para que, a lo largo de los tiempos, surjan ejemplos de rechazo de la escritura en beneficio de la palabra hablada y la memoria: bien conocido es el caso de Sócrates, cuyo pensamiento se ha salvaguardado tan sólo porque Platón sí apreciaba las ventajas de la escritura; no obstante, el propio Platón, en su Fedro y en República, nos pone en guardia sobre los excesos que supone el recurso continuo a la palabra escrita, que puede suponer un debilitamiento peligroso de la memoria al no ejercitarse.

También es revelador el hecho de que, entre las primeras comunidades cristianas, los ágrafa, o lo que es igual, las palabras de Cristo que no se habían transmitido por escrito, se confiasen exclusivamente a la memoria; de hecho, a comienzos del siglo II, el obispo frigio Papías (ca. 65-ca. 155) todavía les preguntaba a los presbíteros si sabían las frases recogidas por los discípulos del Señor, porque había más sustancia en la palabra viva que en la transmitida por los libros. Incluso en las denominadas "religiones del Libro" (esto es, la cristiana, la judía y la musulmana), existe toda una rica y compleja tradición oral que en ningún caso debe soslayarse. Por otra parte, la consideración de otras creencias en el Mundo Antiguo permite concluir que los misterios religiosos, por lo general, se recogen por escrito en fases tardías, pues lo más normal es que su preservación dependa de forma exclusiva de la memoria de los iniciados.

Evolución del concepto "literatura"

De la Antigüedad a la Edad Media

Para definir el término, nos hemos visto en la obligación de calar hasta la Antigüedad para llegar a su étimo; ello nos ha servido para comprobar la amplitud de su espectro, que afecta a cualquier modalidad de escritura. En el mundo greco-romano, la indefinición del fenómeno literario aglutinará textos de una gran diversidad, como la enciclopedia de Plinio el Viejo, los escritos sobre la materia astronómica de Ptolomeo, aquellos otros dedicados por Ovidio a la cosmética (temprana y magnífica muestra de poesía didáctica), el arte militar de Frontino, la obra arquitectónica de Vitrubio o los apuntes de Apicio sobre el arte culinaria. Esta situación permanecerá a lo largo de la Edad Media, un periodo en el el término conserva el valor genérico y durante el que se emplea con una total carencia de nitidez en las líneas que distinguen las diversas modalidades de escritura en atención a su forma y contenido.

En vano buscaremos en el Medievo una observancia a ultranza de la taxonomía clásica en materia literaria (con los géneros naturales, a los que se aludirá enseguida, claramente dibujados desde la Poética de Aristóteles), que tan fundamental resulta para la cultura moderna; muy al contrario, todo indica que esa necesidad de distinguir de forma tajante entre las distintas modalidades de la escritura no se dio en la Edad Media como se da en nuestros días. Esto no quiere decir en ningún caso que la teoría literaria de la Antigüedad fuese desconocida, pero indica, eso sí, que la creación literaria con no poca frecuencia saltó por encima de sus principios ordenadores (en especial, cuando su literatura caía dentro de la todopoderosa oralidad medieval) si es que no los tergiversó por completo. Al efecto, cabe decir que el Medievo, por ejemplo, desconoció cuál era la esencia del teatro clásico (la definición de comedia y tragedia era resultado del desconocimiento del fenómeno y de una lectura equivocada de los clásicos, como veremos algo después) y tildó de satíricos a autores y obras que nunca habrían sido considerados como tales ni en la Antigüedad ni en nuestros días (por ejemplo, el Juan de Mena de ese poema laudatorio que se titula La Coronación del Marqués recibió tal etiqueta).

Por otra parte, queda claro que, a lo largo del Medievo, no se separaban con nitidez los textos con intención utilitaria o científica de aquellos otros que sólo perseguían una intención artística; del mismo modo, tampoco quedaba clara la línea divisoria entre las obras de entretenimiento y de moralidad, entre un escrito histórico y otro de tipo ficticio, entre una imitación o una traducción y una creación original, entre prosa y verso (como veremos más adelante), etc. Para que nos hagamos una cuenta clara de este panorama, cabe afirmar que pertenecían al mismo universo literario e incluso podían satisfacer unas expectativas similares cuando no idénticas del público una crónica, un texto épico, una vida de un santo, un cuento (relato breve, exemplum, novella o nouvelle, de acuerdo con la taxonomía del periodo) o una novela (roman o romance, según la nomenclatura de la época).

Si atendemos a la forma en que aparecen escritos -aspecto que, para el lector moderno, resulta de todo punto determinante-, percibimos algo tan llamativo como es que un tratado sobre cetrería o un libro de medicina se hayan redactado en verso. El ejemplo aducido no es en absoluto caprichoso, ya que obras como las citadas no faltan a lo largo de la Edad Media: de los primeros, conocemos magníficos ejemplos en occitano; de los segundos, hay libros de medicina en verso tanto en lengua árabe como en romance, sin que falten tampoco ejemplos en castellano, como el Tratado de las apostemas del maestro Diego el Covo y el Sumario de la medicina de Francisco López de Villalobos. Con este pequeño botón de muestra, se puede entender con claridad por qué razón los estudiosos de la literatura medieval no muestran ningún tipo de rechazo al trabajar con textos como los citados, lo mismo que atienden a los fueros, las crónicas, los tratados teóricos, etc.

En la cultura medieval, ni siquiera era posible segregar tajantemente la oralidad de la escritura, y eso que ahí reside sin ninguna duda uno de los hechos más relevantes para los autores y el público de aquella época: el que una obra contase con la autoridad que le confería su fijación por escrito. La escritura servía a menudo como piedra de toque, como prueba irrefutable de la verdad de un aserto, como principio de autoridad al que apelar para convencer al más escéptico. La escritura tenía como función primera la preservación del texto sagrado, la Biblia, y en segundo término le correspondía la transmisión de los clásicos, conocidos como los auctores o auctoritates por excelencia; por ello, cuando quería probarse la legitimidad de una opinión, no había nada mejor que dar con una fuente escrita que le diese fundamentos sólidos. A este respecto, recuérdense varios textos castellanos primitivos: en el Auto de los Reyes Magos, los rabinos de la corte de Herodes acuden a sus libros para interpretar el dilema de Cristo recién nacido; en el conjunto de la cuaderna vía, desde el Libro de Alexandre en adelante, la existencia o carencia de fuentes escritas determinan la validez de una cita, una opinión, un aserto o una simple sospecha.

Los límites del fenómeno literario en la era moderna: el ensayo

Desde el siglo XVI, los distintos espacios de la escritura se fueron deslindando de una manera progresiva, si bien aún quedaron parcelas en las que la línea divisoria no estaba clara: por ejemplo, en el sigo XVIII, seguimos encontrando tratados retóricos, médicos y otros sobre las más diversas materias escritos en verso. No obstante, el panorama se iba despejando, aunque todavía quedaba un espacio en el que la confusión continuó reinando por muchos años: el de la escritura de tipo científico, cuasicientífico o seudocientífico. Como ya se ha señalado, la literatura propiamente dicha, que definíamos más arriba ateniéndonos al criterio moderno, se segregó de otros escritos, aunque nunca de modo completo, al alcanzar la segunda mitad del siglo XVIII. Antes y después, aún quedaron espacios propicios para el encuentro y confusión de las bellas letras con escritos de la más diversa índole; es más, esa falta de definición llega hasta nuestros propios días, como veremos de inmediato. Si el concepto literatura no siempre resulta fácil de delimitar, la aplicación del término dependerá, en no pocas ocasiones, de nuestros gustos, opiniones o prejuicios mejor o peor fundados.

La indefinición del hecho literario, y la consiguiente inestabilidad en el uso de la etiqueta correspondiente, continúa hasta hoy mismo. La frontera menos precisa es la que separa la escritura erudita de aquella otra que consideramos literaria sin ambages, perteneciente a los géneros clásicos o al universo siempre impreciso de la novela; más en concreto, el problema taxonómico de mayor magnitud es el que atañe a las diversas maneras del ensayo. Tan sólo porque nos deleitan su voluntad de estilo y su cuidada prosa, hoy no dudamos en considerar literarias obras del tenor de las siguientes: la con frecuencia fascinante prosa científica de eruditos como Andrés Laguna, Juan Huarte de San Juan o Domingo Badía y Leblich; los escritos políticos de Diego de Saavedra Fajardo, Gaspar Melchor de Jovellanos o Joaquín Costa; o los trabajos en materia histórico-filológica de Gonzalo Argote de Molina, de Martín Sarmiento o de Leopoldo Alas Clarín en su función (mucho menos conocida que la de creador, aunque no menos relevante) de crítico literario.

Como hemos señalado previamente, la frontera más difuminada en materia literaria le corresponde al ensayo. Es dificilísimo marcar qué es y qué no es literatura cuando se trata de obras de esta índole; ahora bien, nadie osaría agavillar en secciones distintas la obra de los miembros de la Generación del 98 en atención a su condición ensayística. Con todo, ni siquiera en este caso hay una solución que resulte satisfactoria, uniforme y coherente. De hecho, seguramente a nadie le supondrá un esfuerzo aceptar que la Vida de don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno es literatura, y de la buena, por cuanto se trata de una lectura personalísima del texto de Cervantes en una clave filosófico-literaria; sin embargo, probablemente otra sería la opinión si hubiese que repetir la operación con Don Quijote, don Juan y la Celestina de Salvador de Madariaga, un trabajo que se cimenta sobre documentación histórico-filológica como la aportada por Serrano y Sanz en 1902. Tampoco resulta lógico tratar todos los escritos de un mismo autor de forma conjunta y por igual, ya que poco tienen que ver el Dámaso Alonso, poeta, de Hijos de la ira y el Dámaso Alonso, filólogo, de Góngora y el Polifemo o de Poesía española.

Lo paradójico, incluso en casos como los anteriores señalados, es que la prosa erudita de este último estudioso y poeta, como la de Pedro Salinas (en sus investigaciones sobre la literatura del siglo XX, o en su magno estudio en torno a Jorge Manrique) y tantos otros poetas-profesores, es de una calidad literaria tal que uno encuentra serias dudas a la hora de etiquetarla. Lleguemos, en fin, al extremo y reparemos en que, con harta frecuencia, obras propiamente filosóficas son consideradas como literarias desde el mundo antiguo hasta hoy, según vemos acontece en el caso de los escritos de Platón, de Lucrecio (y su talante filosófico se percibe claramente por tratarse de poesía) o de San Agustín. Esta vinculación al universo literario se refuerza además cuando se tiene en cuenta que, en términos generales, la filosofía impregna la literatura y que abundan las obras literarias con un fuerte componente filosófico; aparte, deslindar ambos universos es imposible en los tratados de Cicerón, Marco Aurelio, Boecio y Séneca o en los autores de la relación previa. ¿Quién negará la legitimidad de una lectura en clave estoica de esos autores en un curso de filosofía clásica, ¿quién, por el contrario, objetará su consideración dentro del conjunto de la alta literatura de la Antigüedad

La historiografía, entre el pasado y el presente

Extraordinariamente difícil es la marcación de las lindes literarias en el caso de los textos históricos desde la Antigüedad hasta nuestros días. No habrá ningún problema para el estudio literario de las narraciones históricas de Tucídides o de Jenofonte, Tito Livio o Suetonio, Eusebio o San Isidoro; tampoco lo habrá al leer a Alfonso X o Jean Froissart. No obstante, desde el mundo clásico, se comenzó a separar la escritura histórica (género retórico por excelencia, y por ende literario) de otras modalidades de discurso, según se ve por comentarios de Cicerón, Quintiliano y sus continuadores; disquisiciones como las suyas llevaron a segregar a Lucano del gremio de los poetas porque su Farsalia tenía en realidad un fundamento histórico. La Historia se revela así como género independiente ya desde entonces, algo que se recordó nuevamente con el advenimiento del Humanismo y el Renacimiento, en que adquirió autonomía total (era uno de los tres nuevos campos del saber, junto a la Poesía y la Filosofía Moral).

Sin embargo, también los antiguos comprobaron que la Historia se aproximaba a otros géneros o se confundía con ellos en numerosas ocasiones (al respecto, recuérdese que los seguidores de Tucídides  que escribieron historia en el período helenístico, peripatéticos e isocráticos, lo hacían de un modo novelesco), al sacrificar los datos reales e incorporar elementos ficticios. En la Antigüedad nunca se dio una separación tajante entre la poesía sublime (esto es, la de materia trágica y épica) y la historiografía; pero desde entonces la principal dificultad ha sido la de deslindar la ficción novelesca de la realidad historiográfica: las elevadas dosis narrativas de la historiografía griega antigua nos explican en buena medida la indefinición genérica característica de los siglos posteriores; además, no olvidemos que el nacimiento de la novela griega acaecido hacia el cambio de era no se explica sin apelar al modelo que brindaban varios géneros, entre ellos el historiográfico.

En el caso de la leyenda de Alejandro Magno, tan exitosa en el mundo antiguo como en los siglos posteriores, se produjo un triple encuentro de géneros: la materia histórica se fundió con la novela y la épica. El fenómeno tampoco es sorprendente, pues, como se verá en su lugar, la distancia entre estas tres formas es escasa en numerosas ocasiones. El hermanamiento con la novela no fue indicado por nadie, por cuanto este género estuvo al margen de las preceptivas y sólo adquirió estatuto independiente en fecha muy tardía; en cambio, los comentaristas de Aristóteles ya señalaron la proximidad que percibían entre la épica y la historia, por su materia común y hasta por su idéntico propósito de ensalzar a un héroe, un linaje o a toda una nación. En ocasiones, incluso se llegó a perder el que parecía el rasgo distintivo determinante: la prosa de la historia frente al verso de la poesía épica. Si la primera apostó en determinados momentos por el verso (en el Medievo jamás faltaron ejemplos de crónicas rimadas), hubo quienes, como El Pinciano en el siglo XVI, pensaron que cabía escribir épica en prosa; entre otros, todo indica que Cervantes llegó a idéntica conclusión, según se desprende de las investigaciones de Edward Riley.

No obstante, la dificultad más evidente es la que se deriva del deslinde entre la materia novelesca y la historiográfica, pues continúa hasta nuestros días. Jenofonte escribió la Anábasis con una fuerte carga novelesca, pero su Ciropedia es ya propiamente toda una biografía novelada; en Roma, ésta fue la senda seguida por Quinto Curcio al abordar la novelesca vida de Alejandro Magno. Al respecto, el periodo más fascinante es la Edad Media, por cuanto en ella documentamos numerosas obras literarias que se encuentran a caballo entre los dos géneros: hay novelas que tienen un diseño propio de crónica junto a crónicas particulares que tienen mucho de novelas. Hay, por otra parte, obras de ficción con un diseño tan realista que parecen verdaderas crónicas: son aquellas que Martín de Riquer ha bautizado como novelas caballerescas, obras que cuentan con el paradigma del Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y el anónimo Curial e Güelfa, ambos catalanes, o el Jean de Saintré, francés, novela de Antoine de la Sale; equidistantes respecto de las anteriores quedan las crónicas novelescas, generalmente de tipo particular o biográfico, en las que se siente el poderoso influjo del roman: son los anónimos Livre des faits de Jacques de Lalaing y el Livre des faits de Jean le Meingre, dit de Boucicaut, franceses, o El Victorial o Crónica de Pero Niño, Conde de Buelna de Gutierre Díez de Games, castellano.

Muchas de las etiquetadas como crónicas e historias en los siglos XV y XVI son, en realidad, meras novelas o textos en los que la carga narrativa de carácter ficticio es tan notable que en nada responden al patrón historiográfico: el mejor ejemplo es sin duda el de Pedro del Corral y su Crónica sarracina, que será refundida a lo largo del siglo XVI con el título de Historia del Rey don Rodrigo o Crónica de la destrucción de España; a su lado, conviven en impresos y manuscritos de los Siglos de Oro las que se denominan crónicas particulares, correspondientes al Cid Ruy Díaz, al Conde Fernán González y hasta a un novelesco Carlomagno, en su madurez pero también en su juventud y hasta en su infancia. Muchas de las novelas caballerescas irán con el rótulo de crónicas e historias, aunque sólo sean novelas, y nada más que novelas; esa tradición será la que continúe, de forma irónica, Cervantes en su Quijote.

Desde el inicio de la era moderna, la materia histórica se muestra especialmente cómoda en la poesía (sobre todo en la épica culta) y en el teatro (basta con citar a Shakespeare). Esa trayectoria sólo se rompió parcialmente con el siglo XVIII, pero el Romanticismo (véase Romanticismo) la retomó con especial vigor no sólo en los casos citados (con la salvedad de que, en poesía, hay ahora un claro predominio del historicismo lírico en toda Europa) sino sobre todo al incorporarla a la novela; es más, la novela histórica es la novela romántica por excelencia, con el modelo que a todos brinda la obra del británico Sir Walter Scott o, en un plano español y local, la labor de Enrique Gil y Carrasco. Los cruces entre novela e historia continuarán, con intensidad claramente fluctuante, hasta el final del siglo XX, en que hemos asistido a la eclosión de una rica novela que toma como punto de partida los acontecimientos más señalados, como la revolución rusa de 1917, la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil de España; una época dorada para la novela histórica es la que se ha producido entre los años ochenta y los noventa, que aún se muestra pletórica de fuerzas hacia el cambio de siglo.

Grandes filólogos, historiadores y estudiosos de diferentes especialidades han cultivado el género de la biografía o la historia novelada, como el historiador Claudio Sánchez Albornoz en Ben Ammar de Sevilla. Con todo, tampoco han faltado críticos y eruditos que se han inmiscuido en el ámbito de la novela histórica propiamente dicha, donde han coincidido con novelistas de oficio; la lista de esos intelectuales metidos a novelistas es realmente extensa, y cuenta con los nombres del latinista británico Robert Graves y Yo, Claudio, la escritora francesa Margherite Yourcenar con sus Memorias de Adriano, el semiólogo italiano Umberto Eco con El nombre de la rosa o el filólogo español Antonio Prieto con La embajadora. Como se ha indicado, la moda de la novela histórica permite prolongar extraordinariamente la lista de tales obras y, además, casi en cualquier lengua de cultura.

Parece conveniente emplear los rótulos biografía o historia novelada y novela histórica como meros sinónimos en la mayoría de los casos; de hecho, no resulta fácil determinar dónde caen los límites entre ambas modalidades, si es que existen, pues muchas veces su diferente etiqueta se deriva tan sólo de la editorial o serie en que se publican o bien de la personalidad de su autor (por volver al ejemplo, ese preclaro historiador que era Sánchez Albornoz siempre consideró que el libro citado formaba parte de su labor historiográfica, como también lo era su reconstrucción, casi novelesca, de la ciudad de León en la Baja Edad Media en Una ciudad de la España cristiana hace mil años). Más difícil es sopesar las dosis o porcentajes de material novelesco o histórico que animan cada una de dichas obras con objeto de atribuirles una u otra denominación.

No obstante, la consideración literaria de la historiografía no se ve reducida a su relación más o menos clara o a su confusión con la novela, como hemos comprobado en el caso de los historiadores antiguos, medievales y renacentistas.Ya sabemos que el ensayo cae con gran facilidad dentro de la órbita literaria y que, sólo por ese motivo, son abundantes los trabajos filológicos e historiográficos que se perciben con ese enfoque. Las puertas del ensayo están abiertas a los más diversos contenidos y, en casi cualquier época, nos han mostrado en su interior la alta investigación sociológica (en La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber, por ejemplo, o en varios trabajos de Ortega y Gasset), el tratado político (desde Platón a Mao), la teoría económica (como en Marx o Galbraith) o la física más revolucionario (basta con la figura de Einstein y su Teoría de la relatividad). Cuando se comprueba que incluso las disciplinas puramente científicas y tecnológicas caben en el ensayo y que, por ende, hasta pueden llegar a considerarse en clave literaria, no extraña la presencia de otros escritos de contenido historiográfico en general o biográfico en particular (con vidas exentas o reunidas en series de semblanzas, al gusto de Giorgio Vassari, Vespasiano da Bisticci, en la Italia de los humanistas, o Azorín y Antonio Gala, en la España del siglo XX).

 

 

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