(Del lat. litteratura);
sust. f.
1. Entre las bellas artes, la que se sirve del
lenguaje humano -escrito o hablado- como instrumento para la
creación de una obra poética: la función poética del lenguaje
tiene su máximo rendimiento en el ámbito de la literatura.
2. Teoría de la composición literaria: muchos
escritores célebres no tienen ni idea de literatura.
3. Conjunto de las composiciones literarias escritas en
un mismo país, período, género, idioma...: la literatura
picaresca halla su formulación definitiva en el Guzmán de
Alfarache, de Mateo Alemán.
4. [Por extensión de las acepciones 2 y 3]
Asignatura o disciplina académica cuyo alcance abarca el estudio
de diversos contenidos literarios, desde los más generales a los
más concretos (ú. s. en mayúscula): aquel profesor enseñaba
muy bien la Literatura de los Siglos de Oro.
5. Conjunto de obras que tratan sobre una misma
materia: no se conoce un caso igual de egolatría en toda la
literatura psiquiátrica.
6. [Uso figurado y despectivo] Bagatela, nonada,
palabrería hueca que sólo pretende hinchar u ornamentar el
contenido de un mensaje: Benavides, le he suspendido porque
su examen tiene mucha literatura, pero muy poco contenido
substancial.
Sinónimos
Poesía, creación, letras, bellas letras, humanidades, escrito,
información, palabrería, circunloquio, rodeo.
Modismos
Hacer literatura. [Uso figurado y despectivo] Inflar un
mensaje con palabras innecesarias o rimbombantes que no aportan
ningún significado substancial.
Literatura de cordel. La impresa en papeles sueltos que
solían ponerse a la venta colgados de unos hilos de bramante.
1. [Por especialización] La que se ocupa de materias
populares como los romances, las vidas de santos, las noticias
truculentas, las historias de pícaros y otros géneros que se
prestan a su impresión en pliegos sueltos.
Literatura barata. [Uso figurado y despectivo]
Circunloquio o rodeo que pretende alejarse del meollo de la
cuestión tratada. 2. Pretexto o excusa que no resulta
convincente.
En el pasado, bajo la denominación de literatura se
incluía cualquier forma de texto o de mensaje codificado por
medio de la escritura. La especialización del término en el
sentido que hoy le damos sólo tuvo lugar ya entrado el siglo
XVIII, cuando con literatura comenzó a aludirse a todos
los escritos de una nación que respondían a impulsos de orden
artístico o estético; con todo, sólo en el siglo XIX y a través
de la profundización en los estudios de Estética, se asentaron
las ideas desarrolladas por Kant en su
Kritik der Urteilskraft de 1790. Fueron los críticos
románticos quienes acabaron de cimentar la idea de que la
Literatura se interesa por las obras de arte del lenguaje,
transmitidas por escrito o a través de la palabra pura. Mientras
en el pasado habría sido imposible hablar de literatura oral,
hoy la oralidad es uno de los ámbitos de estudio más gustados
por los historiadores de la literatura y los filólogos.
Aun después de dejar sentadas estas premisas, las
dificultades continúan al delimitar el espacio propio de la
Literatura, que no sólo ha oscilado a lo largo del tiempo sino
que además muestra su inestabilidad en el presente; de hecho,
resulta arduo establecer los límites del fenómeno literario en
géneros como el ensayo, la escritura científica,
la historiografía en sus diversas formas (particularmente
la biografía), el periodismo y el arte epistolar.
Los textos literarios son estudiados por varias disciplinas,
generales o específicas: la primera de todas es la Gramática,
desde el momento en que la obra literaria se atiene a las reglas
de la lengua en que está compuesta; la segunda es la Retórica,
que regula la composición de toda forma de discurso, y muy
especialmente el literario por la riqueza y variedad de figuras
de dicción y pensamiento de que se sirve; por fin, la Poética
es exclusiva de los textos literarios y enseña a componer de
acuerdo con unos determinados patrones genéricos.
Estas tres ciencias para el estudio de la literatura nos
revelan cuál es su esencia: el lenguaje, elaborado de un modo
que lo convierte en una obra de arte, al superar su mera función
informativa. Hay toda una serie de rasgos característicos de las
obras literarias (como la función poética, estudiada por
Jakobson) que permiten referirse al lenguaje literario en
abstracto; sin embargo, las infinitas formas de plasmar dicho
lenguaje determinan los lenguajes particulares de época, de
género y de autor. En estos casos, y particularmente en el
último, hablamos de estilo. Pertrechados de herramientas
de tipo lingüístico, los autores abordan temas que, a nuestros
ojos, revelan un grado de originalidad diverso, pues hay épocas
y escuelas, como también hay géneros y artistas, que gustan de
volver una y otra vez sobre unos mismos asuntos o motivos.
Esto es lo que se desprende de una lectura amplia de los
trovadores occitanos o de la lírica de los
cancioneros castellanos del siglo XV; lo mismo cabe decir de
buena parte de los poetas italianizantes del siglo XVI o, en su
conjunto, del arte del siglo XVIII. Ciertamente, la búsqueda de
la originalidad, de la novedad y de la sorpresa, tal como hoy
las entendemos, es característica de determinadas épocas, como
el Barroco o diversas generaciones artísticas desde el
Romanticismo para acá; con todo, hay mucho de común en los
creadores de una misma época, aunque haga falta la perspectiva
que brinda el paso de los años para ser capaces de captar la
coincidencia en las formas y los temas, en las tendencias y los
gustos en general. Los modernos estudios de Antropología,
con la Filología y la Historia de la Literatura,
han mostrado hasta qué punto hay una continua recurrencia
temática incluso en géneros que parecen de una riqueza
inagotable, como el cuento popular o folklórico.
Los rasgos distintivos del arte de cada época se captan tanto
en la manifestaciones plásticas (pintura, escultura,
arquitectura y otras formas) como en la literatura, por lo que
un estudio conjunto resulta de lo más revelador, como proponen
diversas escuelas. En todos esos códigos artísticos hay, en
dosis diversas, un propósito estético y didáctico; en
particular, a lo largo de los tiempos, la literatura ha
perseguido un doble fin: entretener y moralizar; el triunfo de
la estética sobre cualquier otra dimensión textual sólo se ha
logrado (y eso como planteamiento teórico) a través de un
proceso que continúa hasta nuestros días y en el que hay
continuos vaivenes. Además, nos consta que cada época se ha
acercado al arte, del pasado o contemporáneo, de la manera que
más le convenía, como se percibe por ejemplo en las varias
lecturas que del Quijote se han hecho desde el siglo XVII
hasta el presente.
En cualquier caso, hemos de aceptar que el arte de todos los
tiempos recoge aquello que le interesa del pasado aceptándolo
tal como es o distorsionándolo hasta llevarlo a coincidir con su
estética propia; no obstante, nunca debe escapársenos que toda
época tiene la razón (o, lo que es igual, no se equivoca) en lo
que a su arte se refiere. Por ello, si queremos entender
cualquier momento histórico, estamos obligados a considerar su
producción literaria libres de prejuicios, con independencia de
que su literatura coincida o no con los gustos actuales. La
transmisión de los textos, desde el pasado hasta hoy mismo,
se revela tan tortuosa como accidentanda, con una pérdida
constante de obras que se debe a la fragilidad del soporte en
que se transmiten, sea éste la pura voz (oralidad pura),
la escritura (tradición libraria, manuscrita o impresa) o
bien una combinación de ambas (tradición mixta).
Las obras literarias nos transmiten la imaginación artística
y la ideología de quien las escribió así como su percepción del
mundo; no obstante, el autor suele estar supeditado a
condicionantes que, en algunas ocasiones, hasta llegan a
distorsionar sus principios estéticos e ideológicos. Por
supuesto, la presión más fácil de percibir es la que ejerce el
público o destinatario, sea uno o múltiple, pues el
escritor en ningún caso pretende frustrar sus expectativas y, en
definitiva, no suele arriesgarse a perderlo. La relación entre
el autor, la obra y su público es diversa y nos transmite una
ideología en la que destacan los conflictos de clases,
grupos o estamentos; la defensa de nacionalismos, de
determinadas dinastías o linajes; en último término, la
escritura se revela como un instrumento perfecto para la
preservación de una religión o una ley así como para la
constitución de castas religiosas. Existen formas de escritura
para el gran público (o literatura de masas),
manifestaciones populares o folklóricas (transmitidas por
cauces orales) y textos nacidos para alcanzar a un puñado de
destinatarios (que pretenden complacer a la persona a quien van
dedicadas y no circularon posteriormente) o a un grupo selecto
de iniciados (como la lírica de la segunda mitad del siglo XX,
restringida a un puñado de creadores y lectores avezados).
Arriba nos referíamos a la Poética como ciencia que atiende a
los principios de creación de las obras literarias; ahora
procede señalar que, con independencia de que haya o no una
preceptiva escrita, los autores de cualquier época cuentan con
una serie de modelos o patrones heredados que les brinda la
tradición y que son sometidos a una transformación paulatina,
con aciertos y errores, con avances y retrocesos, lo que en
definitiva marca los derroteros de la literatura a lo largo de
los siglos. Esos modelos de creación (desde la perspectiva del
escritor) o pistas para una recepción adecuada (desde el punto
de vista del público) son los géneros literarios, que se
sirven de la prosa, del verso o de otras formas de
escritura híbridas, como el prosímetro, la prosa
rimada o el cursus. Los géneros llamados naturales
son los que se engloban en la lírica, la épica y
el teatro; con todo, hoy hay otro mucho más pujante a
pesar de su ausencia de la vieja preceptiva, la novela,
junto a otros que, como la sátira muestran su vigor en un
determinado momento histórico o a lo largo de los siglos. El
estudio de los características del arte de cada momento hace
posible la periodización literaria, con la delimitación
de grupos o de generaciones, atendiendo a
criterios comunes a todas las artes o específicos de la
literatura. Éste y los problemas previos entran dentro del
ámbito de la Teoría de la Literatura, que también atiende
a las numerosas corrientes de crítica literaria que desde
la Antigüedad se han aproximado al fenómeno literario.
Como se deriva de sus diferentes acepciones, el término es
claramente polisémico. En su origen, esta voz no tenía el valor
específico que limita su uso a las bellas letras, que atañe tan
sólo a aquellos escritos que se presentan como obras de arte del
lenguaje y cuyo fin es fundamentalmente estético o poético. El
Diccionario de Autoridades (1732) recoge aún claramente
este valor no restringido o especializado de literatura,
pues nos da como acepción primera la que sigue: El
conocimiento y ciencia de las letras; sobre su étimo, añade:
Es voz puramente latina. Aunque los diccionarios modernos
poco o nada dicen sobre este significado genérico, desde que se
documenta por vez primera hasta finales del siglo XVIII, con
literatura se aludía, de un forma amplia, a cualquiera de
las múltiples manifestaciones del pensamiento humano expresado
en términos lingüísticos y plasmado en forma escrita
.
La palabra littera, ´letra´, en su forma plural
(litterae) significaba lo mismo que el latín
epistula o el castellano carta; al mismo
tiempo, dicho significado se extendía a cualquier modalidad de
escritura y se aplicaba a los textos literarios propiamente
dichos, esto es, a las bellas o buenas letras,
aquello que hoy se entiende por literatura sin ningún
tipo de ambages. Cuando litteratura surge en latín,
lo hace en relación absoluta con el griego grammatiké,
voces éstas que servían para aludir a una misma ciencia o
técnica, relativa a las letras, la lectura y la escritura.
Resulta de lo más revelador que, en el mundo latino,
litterator fuese un sinónimo de grammaticus,
palabra con la que se designaba también a aquellos profesionales
que enseñaban el alfabeto, las letras o la gramática en los
niveles más elementales o primarios; no obstante, como veremos
en otro apartado posterior, era precisamente la Gramática la
disciplina que se ocupaba del estudio de los textos literarios o
poetarum enarratio, razón esta por la que al
grammaticus le correspondían también los niveles más
avanzados.
La evolución semántica de literatura y términos
equivalentes en otras lenguas aconteció, como se ha indicado, en
el siglo XVIII. Los primeros testimonios de este cambio nos los
ofrecen las culturas italiana y francesa, desde la primitiva
Storia della letteratura italiana de Girolamo Tiraboschi de
1772 y la Histoire littéraire de la France compilada por
los benedictinos de Saint-Maur en 1773. Desde esas fechas, el
concepto comienza a fijarse por toda Europa, aunque todavía hoy
haya enormes dificultades para deslindar el ámbito de lo
literario. Durante el siglo XIX, los eruditos (filólogos y
folkloristas) se sirvieron del término para acoger también
aquellas manifestaciones del lenguaje artístico transmitidas por
vía puramente oral, con un uso que continúa hasta el presente y
que nos obliga a su consideración pormenorizada algo más
adelante. Los estudios literarios encuentran en las
composiciones transmitidas por vía oral un objeto de
investigación tan legítimo como el que ofrecen aquellas otras
salvaguardadas gracias a la escritura.
La literatura o (su sinónimo o cuasi-sinónimo de acuerdo con
su definición primaria) la escritura nació imbuida del poder que
le confería su condición de arcano, de herramienta manejada
exclusivamente por un puñado de iniciados, pertenecientes por lo
general a las castas privilegiadas del funcionariado regio o del
sacerdocio. En cualquier cultura, los primeros textos escritos
documentados caen comúnmente en la órbita de la religión, la
historia o el derecho; a veces incluso, dichos documentos
pertenecen a esos tres ámbitos a un mismo tiempo, como ocurre en
el caso del pueblo judío y su Biblia, una obra que es leída como
crónica de los principales hechos del pasado, que constituye el
texto sagrado por excelencia y que es considerado como la Ley,
por lo que frecuentemente recibe esta misma denominación, La Ley.
Los textos primitivos adoptan comúnmente la forma de prosa,
pero tampoco rehúyen el verso, especialmente idóneo por sus
ventajas mnemotécnicas y por resultar de lo más apropiado para
géneros como la épica y la lírica , dos
modalidades de poesía que suelen aparecer entre los testimonios
más madrugadores. La escritura tampoco es ajena a los textos
religiosos, como se desprende de varios ejemplos bíblicos o del
Carmen fratrum Arvalium y el Carmen Saliorum,
piezas pertenecientes al siglo V o VI a.C. La célebre Ley de
las Doce Tablas latina del siglo V a.C. nos enseña que el
carmen (término procedente del verbo latino cano,
cantar), que en realidad es prosa rítmica, con miembros
ponderados, aliteración y hasta rima, aparece incluso en el
mundo de la antigua legislación. Tampoco es nada raro que, en
las literaturas primitivas, se entremezclen los ejemplos en
prosa y verso, según se comprueba en las viejas crónicas de
Castilla, como el Chronicon mundi latino de Lucas
de Tuy (1236), o la Crónica de la
población de Ávila vernácula (hacia mediados del siglo
XIII), donde se inserta un par de cantarcillos populares
primitivos: la derrota de Almanzor
en Calatañazor y el panegírico de un héroe local, Zorraquín
Sancho, respectivamente.
Desde sus orígenes, la escritura y las artes literarias
revestían a quienes las cultivaban de una dignidad especial, ya
que sólo ellos se mostraban capaces de preservar los más
elevados ideales, aquellos que facilitaban y animaban la
cohesión de un pueblo; por otra parte, la memoria hubo de buscar
el auxilio de la escritura para perpetuar cualquier tipo de
conocimiento, lo que condujo a que el libro,
en cualquiera de sus formas, se constituyese en el instrumento
imprescindible del intelectual o sabio, ya fuese para consultar
lo que otros habían dicho previamente o salvaguardar su propio
pensamiento y transmitirlo a las generaciones futuras. Los tres
grandes modelos humanos en toda sociedad, de acuerdo con Max
Scheller, son los que nos brindan el santo, el héroe y el sabio;
por lo que a este último se refiere, queda claro que su figura
iba indefectiblemente unida a los libros, que le brindaban
autoridad y que incluso ayudaban a identificarlo.
Por ello, la escritura por sí sola despertaba un sentimiento
de profundo respeto y hasta de veneración, con independencia de
la materia recogida por medio de su uso; obviamente, esto
resulta especialmente comprensible en el caso de los textos
legales y, sobre todo, en el de las escrituras sagradas de las
religiones monoteístas, que encuentran su fundamento en un libro
que recoge la palabra divina (en las religiones judía, cristiana
y musulmana). A este respecto, debe considerarse la solemnidad
con la que es tratada la Torá), al
copiarla (siempre en forma manuscrita, desde el pasado hasta el
día hoy), al leerla (con la ayuda de un puntero), al custodiarla
para el culto (en un armario, llamado arca sagrada o ´aron
ha-qodes) o al guardarla tras su envejecimiento y deterioro
por el uso continuo (en un archivo de libros o guenizá).
Sin ninguna duda, el arte de leer y escribir fue
especialmente apreciado y hasta sublimado en sociedades
mayoritariamente analfabetas como las antiguas; en Roma, por
ejemplo, el analfabetismo era generalizado, pues incluso sabemos
que la mayoría de los lectores sólo se sentían capaces de
reconocer los caracteres de inscripciones epigráficas, se
defendían con la lectura de algunos documentos y nunca habrían
osado enfrentarse con un papiro de contenido literario; la mayor
parte, además, nunca había garabateado una sola letra. El
panorama cambió poco a poco, con un notable avance en términos
cuantitativos y cualitativos a partir del siglo II. En el
Medievo, percibimos este avance, aunque con una lentitud extrema;
de hecho, la tasa de lectores en potencia en España hacia el
cierre de la Edad Media debía rondar como mucho el diez por
ciento de la población; todavía en pleno siglo XVII, los
cálculos de los estudiosos nunca llegan más allá de un veinte
por ciento de posibles lectores. La transformación de este
panorama sólo se produjo, y de un modo ciertamente paulatino,
desde el siglo XVIII y con notable celeridad a lo largo del
siglo XX. El destierro del analfabetismo en el mundo civilizado
sólo ha tenido lugar en el último cuarto de esta última centuria,
aunque todavía haya un número muy pequeño de analfabetos
profundos y un porcentaje notablemente mayor de semianalfabetos;
en el Tercer Mundo y algunos países en vías de desarrollo, el
analfabetismo alcanza a una gran parte o a casi la totalidad de
la población.
Así las cosas, se explica claramente el prestigio de la
literatura o la escritura, en sus diferentes modalidades, y el
de sus cultivadores, desde los primeros letrados (litterati),
que dominaban ambas técnicas, hasta alcanzar a los eruditos de
las especialidades más diversas. El prestigio de la cultura
libraria fue, desde la Antigüedad hasta el presente, mucho mayor
que el de la cultura oral, única vía para la instrucción y
transmisión del saber común del pueblo llano, mayoritariamente
iletrado a lo largo de los siglos. Ello no es óbice, no obstante,
para que, a lo largo de los tiempos, surjan ejemplos de rechazo
de la escritura en beneficio de la palabra hablada y la memoria:
bien conocido es el caso de Sócrates, cuyo
pensamiento se ha salvaguardado tan sólo porque Platón
sí apreciaba las ventajas de la escritura; no obstante, el
propio Platón, en su Fedro y
en República, nos pone en guardia sobre los excesos que
supone el recurso continuo a la palabra escrita, que puede
suponer un debilitamiento peligroso de la memoria al no
ejercitarse.
También es revelador el hecho de que, entre las primeras
comunidades cristianas, los ágrafa, o lo que es igual,
las palabras de Cristo que no se habían transmitido por escrito,
se confiasen exclusivamente a la memoria; de hecho, a comienzos
del siglo II, el obispo frigio Papías (ca. 65-ca.
155) todavía les preguntaba a los presbíteros si sabían las
frases recogidas por los discípulos del Señor, porque había más
sustancia en la palabra viva que en la transmitida por los
libros. Incluso en las denominadas "religiones del Libro" (esto
es, la cristiana, la judía y la musulmana), existe toda una rica
y compleja tradición oral que en ningún caso debe soslayarse.
Por otra parte, la consideración de otras creencias en el Mundo
Antiguo permite concluir que los misterios religiosos, por lo
general, se recogen por escrito en fases tardías, pues lo más
normal es que su preservación dependa de forma exclusiva de la
memoria de los iniciados.
Para definir el término, nos hemos visto en la obligación de
calar hasta la Antigüedad para llegar a su étimo; ello nos ha
servido para comprobar la amplitud de su espectro, que afecta a
cualquier modalidad de escritura. En el mundo greco-romano, la
indefinición del fenómeno literario aglutinará textos de una
gran diversidad, como la enciclopedia de Plinio el Viejo,
los escritos sobre la materia astronómica de Ptolomeo,
aquellos otros dedicados por Ovidio
a la cosmética (temprana y magnífica muestra de poesía didáctica),
el arte militar de Frontino, la
obra arquitectónica de Vitrubio o los apuntes de Apicio sobre el
arte culinaria. Esta situación permanecerá a lo largo de la Edad
Media, un periodo en el el término conserva el valor genérico y
durante el que se emplea con una total carencia de nitidez en
las líneas que distinguen las diversas modalidades de escritura
en atención a su forma y contenido.
En vano buscaremos en el Medievo una observancia a ultranza
de la taxonomía clásica en materia literaria (con los géneros
naturales, a los que se aludirá enseguida, claramente dibujados
desde la Poética de Aristóteles),
que tan fundamental resulta para la cultura moderna; muy al
contrario, todo indica que esa necesidad de distinguir de forma
tajante entre las distintas modalidades de la escritura no se
dio en la Edad Media como se da en nuestros días. Esto no quiere
decir en ningún caso que la teoría literaria de la Antigüedad
fuese desconocida, pero indica, eso sí, que la creación
literaria con no poca frecuencia saltó por encima de sus
principios ordenadores (en especial, cuando su literatura caía
dentro de la todopoderosa oralidad medieval) si es que no los
tergiversó por completo. Al efecto, cabe decir que el Medievo,
por ejemplo, desconoció cuál era la esencia del teatro clásico
(la definición de comedia y tragedia era resultado del
desconocimiento del fenómeno y de una lectura equivocada de los
clásicos, como veremos algo después) y tildó de satíricos a
autores y obras que nunca habrían sido considerados como tales
ni en la Antigüedad ni en nuestros días (por ejemplo, el
Juan de Mena de ese poema laudatorio que
se titula La Coronación del Marqués recibió tal etiqueta).
Por otra parte, queda claro que, a lo largo del Medievo, no
se separaban con nitidez los textos con intención utilitaria o
científica de aquellos otros que sólo perseguían una intención
artística; del mismo modo, tampoco quedaba clara la línea
divisoria entre las obras de entretenimiento y de moralidad,
entre un escrito histórico y otro de tipo ficticio, entre una
imitación o una traducción y una creación original, entre prosa
y verso (como veremos más adelante), etc. Para que nos hagamos
una cuenta clara de este panorama, cabe afirmar que pertenecían
al mismo universo literario e incluso podían satisfacer unas
expectativas similares cuando no idénticas del público una
crónica, un texto épico, una vida de un santo, un cuento (relato
breve, exemplum, novella o nouvelle, de
acuerdo con la taxonomía del periodo) o una novela (roman
o romance, según la nomenclatura de la época).
Si atendemos a la forma en que aparecen escritos -aspecto que,
para el lector moderno, resulta de todo punto determinante-,
percibimos algo tan llamativo como es que un tratado sobre
cetrería o un libro de medicina se hayan redactado en verso. El
ejemplo aducido no es en absoluto caprichoso, ya que obras como
las citadas no faltan a lo largo de la Edad Media: de los
primeros, conocemos magníficos ejemplos en occitano; de los
segundos, hay libros de medicina en verso tanto en lengua árabe
como en romance, sin que falten tampoco ejemplos en castellano,
como el Tratado de las apostemas del maestro Diego el
Covo y el Sumario de la medicina de Francisco López de
Villalobos. Con este pequeño botón de muestra, se puede entender
con claridad por qué razón los estudiosos de la literatura
medieval no muestran ningún tipo de rechazo al trabajar con
textos como los citados, lo mismo que atienden a los fueros, las
crónicas, los tratados teóricos, etc.
En la cultura medieval, ni siquiera era posible segregar
tajantemente la oralidad de la escritura, y eso que ahí reside
sin ninguna duda uno de los hechos más relevantes para los
autores y el público de aquella época: el que una obra contase
con la autoridad que le confería su fijación por escrito. La
escritura servía a menudo como piedra de toque, como prueba
irrefutable de la verdad de un aserto, como principio de
autoridad al que apelar para convencer al más escéptico. La
escritura tenía como función primera la preservación del texto
sagrado, la Biblia, y en segundo término le correspondía
la transmisión de los clásicos, conocidos como los auctores
o auctoritates por excelencia; por ello, cuando quería
probarse la legitimidad de una opinión, no había nada mejor que
dar con una fuente escrita que le diese fundamentos sólidos. A
este respecto, recuérdense varios textos castellanos primitivos:
en el Auto de los Reyes Magos, los rabinos de la corte de
Herodes acuden a sus libros para interpretar el dilema de Cristo
recién nacido; en el conjunto de la cuaderna vía, desde el
Libro de Alexandre en adelante, la existencia o carencia de
fuentes escritas determinan la validez de una cita, una opinión,
un aserto o una simple sospecha.
Desde el siglo XVI, los distintos espacios de la escritura se
fueron deslindando de una manera progresiva, si bien aún
quedaron parcelas en las que la línea divisoria no estaba clara:
por ejemplo, en el sigo XVIII, seguimos encontrando tratados
retóricos, médicos y otros sobre las más diversas materias
escritos en verso. No obstante, el panorama se iba despejando,
aunque todavía quedaba un espacio en el que la confusión
continuó reinando por muchos años: el de la escritura de tipo
científico, cuasicientífico o seudocientífico. Como ya se ha
señalado, la literatura propiamente dicha, que definíamos más
arriba ateniéndonos al criterio moderno, se segregó de otros
escritos, aunque nunca de modo completo, al alcanzar la segunda
mitad del siglo XVIII. Antes y después, aún quedaron espacios
propicios para el encuentro y confusión de las bellas letras con
escritos de la más diversa índole; es más, esa falta de
definición llega hasta nuestros propios días, como veremos de
inmediato. Si el concepto literatura no siempre resulta
fácil de delimitar, la aplicación del término dependerá, en no
pocas ocasiones, de nuestros gustos, opiniones o prejuicios
mejor o peor fundados.
La indefinición del hecho literario, y la consiguiente
inestabilidad en el uso de la etiqueta correspondiente, continúa
hasta hoy mismo. La frontera menos precisa es la que separa la
escritura erudita de aquella otra que consideramos literaria sin
ambages, perteneciente a los géneros clásicos o al universo
siempre impreciso de la novela; más en concreto, el problema
taxonómico de mayor magnitud es el que atañe a las diversas
maneras del ensayo. Tan sólo porque nos deleitan su voluntad de
estilo y su cuidada prosa, hoy no dudamos en considerar
literarias obras del tenor de las siguientes: la con frecuencia
fascinante prosa científica de eruditos como Andrés Laguna,
Juan Huarte de San Juan o
Domingo Badía y Leblich; los escritos
políticos de Diego de Saavedra Fajardo,
Gaspar Melchor de Jovellanos o
Joaquín Costa; o los trabajos en
materia histórico-filológica de Gonzalo Argote de Molina,
de Martín Sarmiento o de Leopoldo Alas Clarín
en su función (mucho menos conocida que la de creador, aunque no
menos relevante) de crítico literario.
Como hemos señalado previamente, la frontera más difuminada
en materia literaria le corresponde al ensayo. Es dificilísimo
marcar qué es y qué no es literatura cuando se trata de obras de
esta índole; ahora bien, nadie osaría agavillar en secciones
distintas la obra de los miembros de la Generación del 98 en
atención a su condición ensayística. Con todo, ni siquiera en
este caso hay una solución que resulte satisfactoria, uniforme y
coherente. De hecho, seguramente a nadie le supondrá un esfuerzo
aceptar que la Vida de don Quijote y Sancho de Miguel de
Unamuno es literatura, y de la buena, por
cuanto se trata de una lectura personalísima del texto de
Cervantes en una clave
filosófico-literaria; sin embargo, probablemente otra sería la
opinión si hubiese que repetir la operación con Don Quijote,
don Juan y la Celestina de Salvador de Madariaga,
un trabajo que se cimenta sobre documentación
histórico-filológica como la aportada por Serrano y Sanz
en 1902. Tampoco resulta lógico tratar todos los escritos de un
mismo autor de forma conjunta y por igual, ya que poco tienen
que ver el Dámaso Alonso, poeta, de
Hijos de la ira y el Dámaso Alonso,
filólogo, de Góngora y el Polifemo o de Poesía
española.
Lo paradójico, incluso en casos como los anteriores señalados,
es que la prosa erudita de este último estudioso y poeta, como
la de Pedro Salinas (en sus
investigaciones sobre la literatura del siglo XX, o en su magno
estudio en torno a Jorge Manrique)
y tantos otros poetas-profesores, es de una calidad literaria
tal que uno encuentra serias dudas a la hora de etiquetarla.
Lleguemos, en fin, al extremo y reparemos en que, con harta
frecuencia, obras propiamente filosóficas son consideradas como
literarias desde el mundo antiguo hasta hoy, según vemos
acontece en el caso de los escritos de Platón,
de Lucrecio (y su talante
filosófico se percibe claramente por tratarse de poesía) o de
San Agustín. Esta vinculación al
universo literario se refuerza además cuando se tiene en cuenta
que, en términos generales, la filosofía impregna la literatura
y que abundan las obras literarias con un fuerte componente
filosófico; aparte, deslindar ambos universos es imposible en
los tratados de Cicerón,
Marco Aurelio, Boecio
y Séneca o en los autores de la
relación previa. ¿Quién negará la legitimidad de una lectura en
clave estoica de esos autores en un curso de filosofía clásica,
¿quién, por el contrario, objetará su consideración dentro del
conjunto de la alta literatura de la Antigüedad
Extraordinariamente difícil es la marcación de las lindes
literarias en el caso de los textos históricos desde la
Antigüedad hasta nuestros días. No habrá ningún problema para el
estudio literario de las narraciones históricas de Tucídides
o de Jenofonte, Tito Livio
o Suetonio, Eusebio
o San Isidoro; tampoco lo habrá al
leer a Alfonso X o Jean
Froissart. No obstante, desde el mundo
clásico, se comenzó a separar la escritura histórica (género
retórico por excelencia, y por ende literario) de otras
modalidades de discurso, según se ve por comentarios de
Cicerón, Quintiliano
y sus continuadores; disquisiciones como las suyas llevaron a
segregar a Lucano del gremio de los
poetas porque su Farsalia tenía en realidad un fundamento
histórico. La Historia se revela así como género independiente
ya desde entonces, algo que se recordó nuevamente con el
advenimiento del Humanismo y el Renacimiento, en que adquirió
autonomía total (era uno de los tres nuevos campos del saber,
junto a la Poesía y la Filosofía Moral).
Sin embargo, también los antiguos comprobaron que la Historia
se aproximaba a otros géneros o se confundía con ellos en
numerosas ocasiones (al respecto, recuérdese que los seguidores
de Tucídides que escribieron
historia en el período helenístico, peripatéticos e isocráticos,
lo hacían de un modo novelesco), al sacrificar los datos reales
e incorporar elementos ficticios. En la Antigüedad nunca se dio
una separación tajante entre la poesía sublime (esto es, la de
materia trágica y épica) y la historiografía; pero desde
entonces la principal dificultad ha sido la de deslindar la
ficción novelesca de la realidad historiográfica: las elevadas
dosis narrativas de la historiografía griega antigua nos
explican en buena medida la indefinición genérica característica
de los siglos posteriores; además, no olvidemos que el
nacimiento de la novela griega acaecido hacia el cambio de era
no se explica sin apelar al modelo que brindaban varios géneros,
entre ellos el historiográfico.
En el caso de la leyenda de Alejandro Magno,
tan exitosa en el mundo antiguo como en los siglos posteriores,
se produjo un triple encuentro de géneros: la materia histórica
se fundió con la novela y la épica. El fenómeno tampoco es
sorprendente, pues, como se verá en su lugar, la distancia entre
estas tres formas es escasa en numerosas ocasiones. El
hermanamiento con la novela no fue indicado por nadie, por
cuanto este género estuvo al margen de las preceptivas y sólo
adquirió estatuto independiente en fecha muy tardía; en cambio,
los comentaristas de Aristóteles ya
señalaron la proximidad que percibían entre la épica y la
historia, por su materia común y hasta por su idéntico propósito
de ensalzar a un héroe, un linaje o a toda una nación. En
ocasiones, incluso se llegó a perder el que parecía el rasgo
distintivo determinante: la prosa de la historia frente al verso
de la poesía épica. Si la primera apostó en determinados
momentos por el verso (en el Medievo jamás faltaron ejemplos de
crónicas rimadas), hubo quienes, como El Pinciano
en el siglo XVI, pensaron que cabía
escribir épica en prosa; entre otros, todo indica que
Cervantes llegó a idéntica conclusión,
según se desprende de las investigaciones de Edward Riley.
No obstante, la dificultad más evidente es la que se deriva
del deslinde entre la materia novelesca y la historiográfica,
pues continúa hasta nuestros días. Jenofonte
escribió la Anábasis con una fuerte carga novelesca, pero
su Ciropedia es ya propiamente toda una biografía
novelada; en Roma, ésta fue la senda seguida por Quinto Curcio
al abordar la novelesca vida de Alejandro Magno. Al respecto, el
periodo más fascinante es la Edad Media, por cuanto en ella
documentamos numerosas obras literarias que se encuentran a
caballo entre los dos géneros: hay novelas que tienen un diseño
propio de crónica junto a crónicas particulares que tienen mucho
de novelas. Hay, por otra parte, obras de ficción con un diseño
tan realista que parecen verdaderas crónicas: son aquellas que
Martín de Riquer ha bautizado como
novelas caballerescas, obras que cuentan con el paradigma del
Tirant lo Blanc de Joanot Martorell
y el anónimo Curial e Güelfa, ambos catalanes, o el
Jean de Saintré, francés, novela de Antoine de la
Sale; equidistantes respecto de las
anteriores quedan las crónicas novelescas, generalmente de tipo
particular o biográfico, en las que se siente el poderoso
influjo del roman: son los anónimos Livre des faits de
Jacques de Lalaing y el Livre des faits de Jean le
Meingre, dit de Boucicaut, franceses, o El Victorial
o Crónica de Pero Niño, Conde de Buelna de
Gutierre Díez de Games, castellano.
Muchas de las etiquetadas como crónicas e historias
en los siglos XV y XVI son, en realidad, meras novelas o textos
en los que la carga narrativa de carácter ficticio es tan
notable que en nada responden al patrón historiográfico: el
mejor ejemplo es sin duda el de Pedro del Corral
y su Crónica sarracina, que será refundida a lo largo del
siglo XVI con el título de Historia del Rey don Rodrigo o
Crónica de la destrucción de España; a su lado, conviven
en impresos y manuscritos de los Siglos de Oro las que se
denominan crónicas particulares, correspondientes al Cid
Ruy Díaz, al Conde Fernán González y hasta a un novelesco
Carlomagno, en su madurez pero también en su juventud y hasta en
su infancia. Muchas de las novelas caballerescas irán con el
rótulo de crónicas e historias, aunque sólo sean novelas, y nada
más que novelas; esa tradición será la que continúe, de forma
irónica, Cervantes en su Quijote.
Desde el inicio de la era moderna, la materia histórica se
muestra especialmente cómoda en la poesía (sobre todo en la
épica culta) y en el teatro (basta con citar a Shakespeare).
Esa trayectoria sólo se rompió parcialmente con el siglo XVIII,
pero el Romanticismo (véase Romanticismo)
la retomó con especial vigor no sólo en los casos citados (con
la salvedad de que, en poesía, hay ahora un claro predominio del
historicismo lírico en toda Europa) sino sobre todo al
incorporarla a la novela; es más, la novela histórica es la
novela romántica por excelencia, con el modelo que a todos
brinda la obra del británico Sir Walter Scott
o, en un plano español y local, la labor de Enrique Gil y
Carrasco. Los cruces entre novela e
historia continuarán, con intensidad claramente fluctuante,
hasta el final del siglo XX, en que hemos asistido a la eclosión
de una rica novela que toma como punto de partida los
acontecimientos más señalados, como la revolución rusa de 1917,
la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil de España; una época
dorada para la novela histórica es la que se ha producido entre
los años ochenta y los noventa, que aún se muestra pletórica de
fuerzas hacia el cambio de siglo.
Grandes filólogos, historiadores y estudiosos de diferentes
especialidades han cultivado el género de la biografía o la
historia novelada, como el historiador Claudio Sánchez Albornoz
en Ben Ammar de Sevilla. Con todo, tampoco han faltado
críticos y eruditos que se han inmiscuido en el ámbito de la
novela histórica propiamente dicha, donde han coincidido con
novelistas de oficio; la lista de esos intelectuales metidos a
novelistas es realmente extensa, y cuenta con los nombres del
latinista británico Robert Graves y
Yo, Claudio, la escritora francesa Margherite
Yourcenar con sus Memorias de Adriano,
el semiólogo italiano Umberto Eco
con El nombre de la rosa o el filólogo español
Antonio Prieto con La embajadora.
Como se ha indicado, la moda de la novela histórica permite
prolongar extraordinariamente la lista de tales obras y, además,
casi en cualquier lengua de cultura.
Parece conveniente emplear los rótulos biografía o historia
novelada y novela histórica como meros sinónimos en la mayoría
de los casos; de hecho, no resulta fácil determinar dónde caen
los límites entre ambas modalidades, si es que existen, pues
muchas veces su diferente etiqueta se deriva tan sólo de la
editorial o serie en que se publican o bien de la personalidad
de su autor (por volver al ejemplo, ese preclaro historiador que
era Sánchez Albornoz siempre consideró que el libro citado
formaba parte de su labor historiográfica, como también lo era
su reconstrucción, casi novelesca, de la ciudad de León en la
Baja Edad Media en Una ciudad de la España cristiana hace mil
años). Más difícil es sopesar las dosis o porcentajes de
material novelesco o histórico que animan cada una de dichas
obras con objeto de atribuirles una u otra denominación.
No obstante, la consideración literaria de la historiografía
no se ve reducida a su relación más o menos clara o a su
confusión con la novela, como hemos comprobado en el caso de los
historiadores antiguos, medievales y renacentistas.Ya sabemos
que el ensayo cae con gran facilidad dentro de la órbita
literaria y que, sólo por ese motivo, son abundantes los
trabajos filológicos e historiográficos que se perciben con ese
enfoque. Las puertas del ensayo están abiertas a los más
diversos contenidos y, en casi cualquier época, nos han mostrado
en su interior la alta investigación sociológica (en La ética
protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber,
por ejemplo, o en varios trabajos de Ortega y Gasset),
el tratado político (desde Platón a
Mao), la teoría económica (como en
Marx o Galbraith)
o la física más revolucionario (basta con la figura de
Einstein y su Teoría de la relatividad).
Cuando se comprueba que incluso las disciplinas puramente
científicas y tecnológicas caben en el ensayo y que, por ende,
hasta pueden llegar a considerarse en clave literaria, no
extraña la presencia de otros escritos de contenido
historiográfico en general o biográfico en particular (con vidas
exentas o reunidas en series de semblanzas, al gusto de Giorgio
Vassari, Vespasiano da Bisticci, en la Italia de los humanistas,
o Azorín y Antonio Gala,
en la España del siglo XX).