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Historia de la vida del Buscón
Llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y
espejo de tacaños
Francisco de Quevedo
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[Nota preliminar:
Edición digital a partir del manuscrito de la obra depositado en el
Museo Lázaro Galdiano de Madrid y cotejada con las ediciones
críticas de E. Cros (Madrid, Taurus, 1988), P. Jauralde (Madrid,
Castalia, 1990), C. C. García Valdés (Madrid, Bruño,
1991), I. Arellano (Madrid, Espasa Calpe, 1993) y F. Cabo Aseguinolaza
(Barcelona, Crítica, 1993). Todas ellas son de imprescindible consulta
para la correcta apreciación de la obra.
Sobre los distintos manuscritos de la
obra, véase el artículo de Antonio Rodríguez
Moñino, «Los manuscritos del
Buscón»,
Nueva Revista de Filología
Hispánica, nº 7 (1953), pp. 657-672.
Sobre los problemas de crítica
textual de esta obra, al margen de las documentadas introducciones a las
ediciones arriba citadas, véanse especialmente los estudios de Pablo
Jauralde: «¿Redactó Quevedo dos veces el
Buscón?»,
Revista de Filología Románica,
V (1987-1988), pp. 101-111; «El texto del Buscón de Quevedo»,
Dicenta, nº 7 (1987-1990, pp. 83-103;
«El texto perdido de
El Buscón», en
Crítica textual y anotación
filológica en obras del Siglo de Oro, ed. de I. Arellano y J.
Cañedo, Madrid, Castalia, 1991, pp. 293-300.
Para dar cuenta de las posibles opciones
a la hora de editar la presente obra, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
reproducirá digitalmente la primera edición de la misma
(Zaragoza, Vergés, a costa de Roberto Duport, 1626) y está
gestionando la autorización para reproducir la transcripción del
manuscrito y la ejemplar edición crítica de Fernando
Lázaro Carreter (Salamanca, Universidad, 1965).
Sobre los criterios de edición,
en lo fundamental compartimos lo expuesto por Ignacio Arellano en sus
imprescindibles artículos «Observaciones provisionales sobre la
edición y anotación de textos del Siglo de Oro», en
Edición y anotación de textos del
Siglo de Oro, J. Cañedo e I. Arellano (eds.), Pamplona, EUNSA,
1987, pp. 339-555) y «Edición crítica y anotación
filológica en textos del Siglo de Oro. Notas muy sueltas», en
Crítica textual y anotación
filológica en obras del Siglo de Oro, I. Arellano y J.
Cañedo (eds.), Madrid, Castalia, 1991, pp. 563-586).
No obstante, hemos optado por actualizar
ortográficamente los términos cuya comprensión pudiera
plantear problemas al lector no especializado.
Por último, y como en otras
ocasiones, hacemos una llamada a los especialistas en la obra de Quevedo para
que aporten sus testimonios y documentadas opiniones con el fin de mejorar la
presente edición digital o incluir otras alternativas.]
 
Libro primero
 
Capítulo I
En que cuenta quién es el
Buscón
Yo, señora, soy de Segovia. Mi
padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga
en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan
altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así,
diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que
era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para
creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y
nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el
pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque
ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era
descendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer para letrado; mujer de amigas
y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo
por tales; persona de valor y conocida por quien era. Padeció grandes
trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban
en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros.
Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras
les daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi
hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de
las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en la
cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos
las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y
rigores de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las
calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores
regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y
buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más
que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas.
Diéronle doscientos escogidos, que de allí a seis años se
le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los
daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo
con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas
lo colorado.
Mi madre, pues, ¡no tuvo
calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió,
decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y
decía, no sin sentimiento:
-En su tiempo, hijo, eran los virgos
como soles, unos amanecidos y otros puestos, y los más en un día
mismo amanecidos y puestos.
Hubo fama que reedificaba doncellas,
resuscitaba cabellos encubriendo canas, empreñaba piernas con
pantorrillas postizas. Y con no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas
las calvas se la cubría, porque hacía cabelleras; poblaba
quijadas con dientes; al fin vivía de adornar hombres y era remendona de
cuerpos. Unos la llamaban zurcidora de gustos, otros, algebrista de voluntades
desconcertadas; otros, juntona; cuál la llamaba enflautadora de miembros
y cuál tejedora de carnes y por mal nombre alcahueta. Para unos era
tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos. Ver, pues, con la
cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a
Dios.
Hubo grandes diferencias entre mis
padres sobre a quién había de imitar en el oficio, mas yo, que
siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito, nunca me apliqué
a uno ni a otro. Decíame mi padre:
-Hijo, esto de ser ladrón no es
arte mecánica sino liberal.
Y de allí a un rato, habiendo
suspirado, decía de manos:
-Quien no hurta en el mundo, no vive.
¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto?
Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan..., no lo puedo
decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo,
acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque
no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y
sus ministros. Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad
siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me
hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca
confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por
pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de
acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis
de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el
chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo
más honradamente que he podido.
-¿Cómo a mí
sustentado? -dijo ella con grande cólera. Yo os he sustentado a vos, y
sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en
ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro
ánimo o por las bebidas que yo os daba? ¡Gracias a mis botes! Y si
no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de
cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado.
Metílos en paz diciendo que yo
quería aprender virtud resueltamente y ir con mis buenos pensamientos
adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela, pues sin leer ni escribir
no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que decía,
aunque lo gruñeron un rato entre los dos. Mi madre se entró
adentro y mi padre fue a rapar a uno (así lo dijo él) no
sé si la barba o la bolsa; lo más ordinario era uno y otro. Yo me
quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan
celosos de mi bien.
  Capítulo II
De cómo fue a la escuela y lo que en ella le
sucedió
A otro día ya estaba comprada la
cartilla y hablado el maestro. Fui, señora, a la escuela;
recibióme muy alegre diciendo que tenía cara de hombre agudo y de
buen entendimiento. Yo, con esto, por no desmentirle di muy bien la
lición aquella mañana. Sentábame el maestro junto a
sí, ganaba la palmatoria los más días por venir antes y
íbame el postrero por hacer algunos recados a la señora, que
así llamábamos la mujer del maestro. Teníalos a todos con
semejantes caricias obligados; favorecíanme demasiado, y con esto
creció la envidia en los demás niños. Llegábame de
todos, a los hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un
hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba
meriendas. Íbame a su casa a jugar los días de fiesta y
acompañábale cada día. Los otros, o que porque no les
hablaba o que porque les parecía demasiado punto el mío, siempre
andaban poniéndome nombres tocantes al oficio de mi padre. Unos me
llamaban don Navaja, otros don Ventosa; cuál decía, por disculpar
la invidia, que me quería mal porque mi madre le había chupado
dos hermanitas pequeñas de noche; otro decía que a mi padre le
habían llevado a su casa para que la limpiase de ratones (por llamarle
gato). Unos me decían «zape» cuando pasaba y otros
«miz». Cuál decía:
-Yo la tiré dos berenjenas a su
madre cuando fue obispa.
Al fin, con todo cuanto andaban
royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios. Y aunque yo me
corría disimulaba; todo lo sufría, hasta que un día un
muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una puta y hechicera; lo
cual, como me lo dijo tan claro (que aun si lo dijera turbio no me diera por
entendido) agarré una piedra y descalabréle. Fuime a mi madre
corriendo que me escondiese; contéla el caso; díjome:
-Muy bien hiciste; bien muestras
quién eres; sólo anduviste errado en no preguntarle quién
se lo dijo.
Cuando yo oí esto, como siempre
tuve altos pensamientos, volvíme a ella y roguéla me declarase si
le podía desmentir con verdad o que me dijese si me había
concebido a escote entre muchos o si era hijo de mi padre. Rióse y
dijo:
-¡Ah, noramaza! ¿Eso sabes
decir? No serás bobo; gracia tienes. Muy bien hiciste en quebrarle la
cabeza, que esas cosas, aunque sean verdad, no se han de decir.
Yo con esto quedé como muerto y
dime por novillo de legítimo matrimonio, determinado de coger lo que
pudiese en breves días y salirme de en casa de mi padre: tanto pudo
conmigo la vergüenza. Disimulé, fue mi padre, curó al
muchacho, apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el maestro
me recibió con ira hasta que, oyendo la causa de la riña, se le
aplacó el enojo considerando la razón que había
tenido.
En todo esto, siempre me visitaba aquel
hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me
quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si
eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le
pedía de lo que él comía, comprábale estampas,
enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y
entreteníale siempre. Así que los más días, sus
padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi
compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él
a comer y cenar y aun a dormir los más días.
Sucedió, pues, uno de los
primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que
se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don
Dieguito me dijo:
-Hola, llámale Poncio Pilato y
echa a correr.
Yo, por darle gusto a mi amigo,
llaméle Poncio Pilato. Corrióse tanto el hombre que dio a correr
tras mí con un cuchillo desnudo para matarme, de suerte que fue forzoso
meterme huyendo en casa de mi maestro dando gritos. Entró el hombre tras
mí y defendióme el maestro de que no me matase,
asegurándole de castigarme. Y así luego (aunque señora le
rogó por mí, movida de lo que yo la servía, no
aprovechó), mandóme desatacar y azotándome, decía
tras cada azote:
-¿Diréis más Poncio
Pilato?
Yo respondía:
-No, señor.
Y respondílo veinte veces a otros
tantos azotes que me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato
y con tal miedo, que mandándome el día siguiente decir, como
solía, las oraciones a los otros, llegando al Credo (advierta V. Md. la
inocente malicia), al tiempo de decir «padeció so el poder de
Poncio Pilato», acordándome que no había de decir
más Pilatos, dije: «padeció so el poder de Poncio de
Aguirre». Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad
y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó y dio una
firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese.
Con esto fui yo muy contento.
En estas niñeces pasé
algún tiempo aprendiendo a leer y escribir. Llegó (por no
enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el maestro de que se holgasen
sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos. Echamos suertes entre
doce señalados por él y cúpome a mí. Avisé a
mis padres que me buscasen galas.
Llegó el día y salí
en uno como caballo, mejor dijera en un cofre vivo, que no anduvo en peores
pasos Roberto el diablo, según andaba él. Era rucio, y rodado el
que iba encima por lo que caía en todo. La edad no hay que tratar,
biznietos tenía en tahonas. De su raza no sé más de que
sospecho era de judío según era medroso y desdichado. Iban tras
mí los demás niños todos aderezados.
Pasamos por la plaza (aun de acordarme
tengo miedo), y llegando cerca de las mesas de las verduras (Dios nos libre),
agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue visto ni oído cuando
lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate,
no llegó en mucho tiempo. La bercera (que siempre son desvergonzadas)
empezó a dar voces; llegáronse otras y con ellas pícaros,
y alzando zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres,
empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal y que no se
había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal golpe me le
dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una
(hablando con perdón) privada. Púseme cual V. Md. puede imaginar.
Ya mis muchachos se habían armado de piedras y daban tras las
revendederas y descalabraron dos.
Yo, a todo esto, después que
caí en la privada, era la persona más necesaria de la
riña. Vino la justicia, comenzó a hacer información,
prendió a berceras y muchachos mirando a todos qué armas
tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas
de las que traían por gala y otros espadas pequeñas. Llegó
a mí, y viendo que no tenía ningunas, porque me las habían
quitado y metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero,
pidióme, como digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que
si no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras. Quiero
confesar a V. Md. que cuando me empezaron a tirar los tronchos, nabos,
etcétera, que, como yo llevaba plumas en el sombrero, entendiendo que me
habían tenido por mi madre y que la tiraban, como habían hecho
otras veces, como necio y muchacho, empecé a decir: «Hermanas,
aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre» (como si
ellas no lo echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me disculpó
la ignorancia, y el sucederme la desgracia tan de repente.
Pero, volviendo al alguacil,
quísome llevar a la cárcel, y no me llevó porque no
hallaba por donde asirme (tal me había puesto del lodo). Unos se fueron
por una parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza
martirizando cuantas narices topaba en el camino. Entré en ella,
conté a mis padres el suceso, y corriéronse tanto de verme de la
manera que venía que me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las
dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba satisfacerlos, y,
viendo que no bastaba, salíme de su casa y fuime a ver a mi amigo don
Diego, al cual hallé en la suya descalabrado, y a sus padres resueltos
por ello de no enviarle más a la escuela. Allí tuve nuevas de
cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a
tirar dos coces, y de puro flaco se le desgajaron las dos piernas y se
quedó sembrado para otro año en el lodo, bien cerca de
expirar.
Viéndome, pues, con una fiesta
revuelta, un pueblo escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y
el caballo muerto, determinéme de no volver más a la escuela ni a
casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir,
en su compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que
daba mi amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había
menester más ir a la escuela porque, aunque no sabía bien
escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era
escribir mal, y que así, desde luego renunciaba [a] la escuela por no
darles gasto y [a] su casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de
dónde y cómo quedaba y que hasta que me diesen licencia no los
vería.
  Capítulo III
De cómo fue a un pupilaje por criado de don
Diego Coronel
Determinó, pues, don Alonso de
poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por
ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado Cabra que
tenía por oficio el criar hijos de caballeros, y envió
allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese.
Entramos, primero domingo después
de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite
encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en
el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que
parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era
buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo,
comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas
búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las
barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre
parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no
sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los
habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan
salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los
brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio
abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas.
Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos
como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande,
que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto
el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se
dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un
muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado
con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con
los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era
milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos,
viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros
decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde
lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello
ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y
el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un
filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en
él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos
que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un
lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y
protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en
su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló
nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar
tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de
hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá;
comían los amos primero y servíamos los criados.
El refectorio era un aposento como medio
celemín. Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo
miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que
cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba
ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:
-¿Cómo gatos? Pues
¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y
penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué
tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen
aquí?
Yo, con esto, me comencé a
afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que
vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que
parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado
Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin
principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que
en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente.
Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un
garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a
cada sorbo:
-Cierto que no hay tal cosa como la
olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los
bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo.
Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:
-Todo esto es salud, y otro tanto
ingenio.
-¡Mal ingenio te acabe!,
decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan
flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la
había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a
vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:
-¿Nabo hay? No hay perdiz para
mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.
Y tomando el cuchillo por el cuerno,
picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole
en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces,
dijo:
-Conforta realmente, y son
cordiales.
Que era grande adulador de las
legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les
pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso
que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes.
Cabra los miraba y decía:
-Coman, que mozos son y me huelgo de ver
sus buenas ganas.
¡Mire V. Md. qué
aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron
unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el
pupilero:
-Quede esto para los criados, que
también han de comer; no lo queramos todo.
-¡Mal te haga Dios y lo que has
comido, lacerado -decía yo-, que tal amenaza has hecho a mis tripas!
Echó la bendición, y
dijo:
-Ea, demos lugar a la gentecilla que se
repapile, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo
que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa,
abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese
modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.
Sentámonos nosotros, y yo, que vi
el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más
sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como
arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un
pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra,
diciendo:
-Coman como hermanos, pues Dios les da
con qué. No riñan, que para todos hay.
Volvióse al sol y dejónos
solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre,
vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se
comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los
ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí
yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y
diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando,
como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo
espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que
estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la
razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de
proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y
díjome:
-Como no lo son en esta casa, no las
hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí
estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos
meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora
vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.
¿Cómo encareceré yo
mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que había de
entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de
él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que
qué haría él para persuadir a las tripas que habían
comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella
casa como en otras ahítos.
Llegó la hora de cenar;
pasóse la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en
blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones,
porque se dijese que cenábamos con bendición. «Es cosa
saludable (decía) cenar poco, para tener el estómago
desocupado», y citaba una retahíla de médicos infernales.
Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños
pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino
que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la
noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre
y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese;
aunque últimamente le dije:
-Señor, ¿sabéis de
cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras
nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y
así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no
nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en
altar previlegiado.
Entre estas pláticas y un poco
que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y
llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos.
Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi
hambre que me desayuné con la mitad de las razones,
comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me
contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos
hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el
portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a
sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué
sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase)
respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones
y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera
que no comían desde allí adelante. Certificóme que era
verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no
parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y
decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he
contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no
sé qué que le dijeron un día de hidalguía
allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda
agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en
ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un
cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y
quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en
esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla.
Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos
algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede
imaginar.
Don Diego y yo nos vimos tan al cabo
que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le
buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir
que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la
teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era
poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que
estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en
tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una
melecina, no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra
suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue
boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y
haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le
servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas. Empezaron por
don Diego; el desventurado atajóse, y la vieja, en vez de
echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y
diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición
la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos;
vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que
luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me
valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la
vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra
conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba
de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto
que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.
Quejábamonos nosotros a don
Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por no asistir
al estudio. Con esto no nos valían plegarias.
Metió en casa la vieja por ama,
para que guisase de comer y sirviese a los pupilos y despidió al criado
porque le halló un viernes a la mañana con unas migajas de pan en
la ropilla. Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe. Era tan sorda que no
oía nada; entendía por señas; ciega, y tan gran rezadora
que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la
trujo con el caldo más devoto que he comido. Unos decían:
-«¡Garbanzos negros! Sin duda son de Etiopía». Otro
decía: -«¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les
habrá muerto?» Mi amo fue el primero que se encajó una
cuenta, y al mascarla se quebró un diente. Los viernes solía
inviar unos güevos, con tantas barbas fuerza de pelos y canas suyas que
pudieran pretender corregimiento u abogacía Pues meter el badil por el
cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario. Mil
veces topé yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla. Y
todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.
Pasamos en este trabajo hasta la
Cuaresma; vino, y a la entrada de ella estuvo malo un compañero. Cabra,
por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él
pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces
un platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le
había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el
Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no
hablaba), dijo:
-Señor mío Jesucristo,
necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el
infierno.
Imprimiéronseme estas razones en
el corazón. Murió el pobre mozo, enterrámosle muy
pobremente por ser forastero, y quedamos todos asombrados. Divulgóse por
el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel y
como no tenía otro hijo, desengañóse de los embustes de
Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos
sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a
sacarnos del pupilaje y teniéndonos delante nos preguntaba por nosotros.
Y tales nos vio que sin aguardar a más, tratando muy mal de palabra al
licenciado Vigilia, nos mandó llevar en dos sillas a casa.
Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los
deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en
Argel viendo venir rescatados por la Trinidad sus compañeros.
  Capítulo IV
De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá
de Henares
Entramos en casa de don Alonso y
echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen
los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron exploradores que nos
buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi
trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en
buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos
limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo
éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos.
¡Quién podrá contar, a la primera almendrada y a la primera
ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía
novedad. Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio
en nuestro aposento, porque como estaban huecos los estómagos sonaba en
ellos el eco de cualquiera palabra.
Con estas y otras prevenciones
comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las
quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas, y así se dio
orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez.
Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y
aún parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco
simiente de los Padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar
gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo
Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en
sus manos crueles. Si acaso, comiendo, alguna vez nos acordábamos de las
mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que
acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don
Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no
habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando
le contábamos que en el mandamiento de
No matarás, metía perdices y
capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el
consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el
matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.
Pasáronsenos tres meses en esto,
y, al cabo, trató don Alonso de enviar a su hijo a Alcalá a
estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si
quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se
oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí
de servir a su hijo como vería. Y con esto diole un criado para ayo que
le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba
remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza.
Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de
cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo,
que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas,
cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de
casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora antes
de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre
maldita venta de Viveros.
El ventero era morisco y ladrón,
que en mi vida vi perro y gato juntos con la paz que aquel día.
Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros del carretero iban
horros (que ya había llegado también con el hato antes, porque
nosotros veníamos de espacio), pegóse al coche, diome a mí
la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar. Yo le
respondí que sí; metióme adentro, y estaban dos rufianes
con unas mujercillas; un cura rezando al olor; un viejo mercader y avariento
procurando olvidarse de cenar andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en
ayunas; arremedaba los bostezos, diciendo: -«Más me engorda un
poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo». Dos
estudiantes fregones, de los de mantellina, panzas al trote, andaban aparecidos
por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y
muchacho, dijo:
-Señor huésped,
déme lo que hubiere para mí y mis criados.
-Todos los somos de V. Md. -dijeron al
punto los rufianes-, y le hemos de servir. Hola, güésped, mirad que
este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la
dispensa.
Y, diciendo esto, llegóse el uno
y quitóle la capa, y dijo:
-Descanse V. Md., mi señor.
Y púsola en un poyo. Estaba yo
con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las
mujeres:
-¡Qué buen talle de
caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es V. Md. su criado?
Yo respondí, creyendo que era
así como lo decían, que yo y el otro lo éramos.
Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los
estudiantes se llegó a él medio llorando y dándole un
abrazo apretadísimo, dijo:
-Oh, mi señor don Diego,
¿quién me dijera a mí, agora diez años, que
había de ver yo a V. Md. de esta manera? ¡Desdichado de mí,
que estoy tal que no me conocerá V. Md.!
Él se quedó admirado, y yo
también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra
vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a
su amigo:
-¿Es este señor de cuyo
padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle
según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse.
¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don
Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre,
salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
-Dejen eso, que después de cenar
se hablará, que se enfría.
Llegó un rufián y puso
asientos para todos y una silla para don Diego, y el otro trujo un plato. Los
estudiantes dijeron:
-Cene V. Md., que, entre tanto que a
nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
-¡Jesús! -dijo don Diego-;
V. Mds. se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes, no
hablando con ellos:
-Luego, mi señor, que aún
no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a
los otros que se convidaban, afligíme y temí lo que
sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un
razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
-No es razón que donde
está un caballero tan principal se queden estas damas sin comer. Mande
V. Md. que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán,
convidólas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no
dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego.
Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
-Un abuelo tuvo V. Md., tío de mi
padre, que jamás comió lechugas, y son malas para la memoria, y
más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un
panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un
pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo.
Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y
un par de palomas cocidas, y dijeron:
-Pues padre, ¿ahí se
está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a
todos.
Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera.
No bien se lo dijeron, cuando se
sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado,
comenzóse a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no
sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el
huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía.
Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se
engulleron el cura y los otros.
Decían los rufianes:
-No cene mucho, señor, que le
hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
-Y más que es menester hacerse a
comer poco para la vida de Alcalá.
Yo y el otro criado estábamos
rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo
hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de los otros,
volvió el un rufián y dijo:
-Oh, pecador de mí, no habemos
dejado nada a los criados. Vengan aquí V. Mds. Ah, señor
güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un
doblón.
Tan presto saltó el descomulgado
pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
-Aunque V. Md. me perdone, señor
hidalgo, debe de saber poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi
señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros
si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego, que
estaba pasmado, dijo:
-No se enoje V. Md., que no le
conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan
gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a
don Diego que se acostase. Él quería pagar la cena y
replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría
lugar. Estuviéronse un rato parlando; preguntóle su nombre al
estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos
descanse, dondequiera que está.) Vio al avariento que dormía, y
dijo:
-¿V. Md. quiere reír? Pues
hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el
camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
-Bien haya el licenciado; hágalo,
que es razón.
Con esto, se llegó y sacó
al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y
desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra hizo
gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas.
Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo
que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón de teja.
Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
-Pues aún no basta, que bota
tiene el viejo.
Sacóla el vino y desenfundando
una almohada de nuestro coche, después de haber echado un poco de vino
debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se
fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo
puso todo en las alforjas, y en la capilla del gabán le echó una
gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar;
despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle,
y al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán.
Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó,
diciendo:
-Cuerpo de Dios, ¿no halló
otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a
V. Mds., si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien
ducados, porque es contra el dolor de estómago.
Juraba y perjuraba diciendo que no
había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino
a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de
Leganés la suma. Decían los estudiantes:
-No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
-No, sino burlárase con este
caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer.
Déjese V. Md. gobernar, que en mano está...
Y tosiendo, cogió el dinero,
contólo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los
asió, diciendo:
-Éstos le daré de posada,
que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.
Quedamos asustados con el gasto.
Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no
viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatólas a oscuras
debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca
y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los
perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos
todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué
tenía. Empezóse a ofrecer a Satanás; dejó caer las
alforjas; llegóse a él el estudiante, y dijo:
-¡Arriedro vayas, cata la
cruz!
Otro abrió un breviario;
hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo
lo que era, y pidió que le dejasen enjaguar la boca con un poco de vino,
que él traía bota. Dejáronle y, sacándola,
abrióla; y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana
y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni
colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las
descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro
con los rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos
borricos, y nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a
caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya, declarando la burla. El
ventero decía:
-Señor nuevo, a pocas estrenas
como ésta, envejecerá.
El cura decía:
-Sacerdote soy; allá se lo
diré de misas.
Y el estudiante maldito voceaba:
-Señor primo, otra vez
rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
-Sarna de V. Md., señor don
Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios
sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la
villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que
llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en
limpio sacar el gasto.
  Capítulo V
De la entrada de Alcalá, patente y burlas que
le hicieron por nuevo
Antes que anocheciese salimos del
mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la
puerta de Santiago, patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta
teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el
dueño y huésped de los que creen en Dios por cortesía o
sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo. Recibióme, pues, el
huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni
sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser
natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no
tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo
demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en
camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente a mi amo.
Él, que no sabía lo que era, preguntóme que qué
querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me
acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza
fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales;
diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
-¡Viva el compañero, y sea
admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener
sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.
Y con esto (¡mire V. Md.
qué previlegios!) volaron por la escalera, y al momento nos vestimos
nosotros y tomamos el camino para escuelas. A mi amo apadrináronle unos
colegiales conocidos de su padre y entró en su general, pero yo, que
había de entrar en otro diferente y fui solo, comencé a temblar.
Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me encararon y
comenzaron a decir: -«¡Nuevo!». Yo por disimular di en
reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque
llegándose a mí ocho o nueve, comenzaron a reírse.
Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno
que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo:
-Por resucitar está este
Lázaro, según olisca.
Y con esto todos se apartaron
tapándose las narices. Yo, que me pensé escapar, puse las manos
también y dije:
-V. Mds. tienen razón, que huele
muy mal.
Dioles mucha risa y, apartándose,
ya estaban juntos hasta ciento. Comenzaron a escarrar y tocar al arma y en las
toses y abrir y cerrar de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto,
un manchegazo acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:
-Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido,
dije:
-¡Juro a Dios que ma...!
Iba a decir
te, pero fue tal la batería y lluvia
que cayó sobre mí, que no pude acabar la razón. Yo estaba
cubierto el rostro con la capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y
era de ver cómo tomaban la puntería. Estaba ya nevado de pies a
cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la
cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera:
-¡Baste, no le déis con el
palo!
Que yo, según me trataban,
creí de ellos que lo harían. Destapéme por ver lo que era,
y al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los
dos ojos. Aquí se han de considerar mis angustias. Levantó la
infernal gente una grita que me aturdieron, y yo, según lo que echaron
sobre mí de sus estómagos, pensé que por ahorrar de
médicos y boticas aguardan nuevos para purgarse. Quisieron tras esto
darme de pescozones pero no había dónde sin llevarse en las manos
la mitad del afeite de mi negra capa, ya blanca por mis pecados.
Dejáronme, y iba hecho zufaina de viejo a pura saliva. Fuime a casa, que
apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo
topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados
porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me
dejaron.
Entré en casa, y el morisco que
me vio comenzóse a reír y a hacer como que quería
escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:
-Tené, huésped, que no soy
Ecce-Homo.
Nunca lo dijera, porque me dio dos
libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas que
tenía. Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba; y
en buscar por dónde asir la sotana y el manteo para quitármelos,
se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la cama
y colguélo en una azutea. Vino mi amo y como me halló durmiendo y
no sabía la asquerosa aventura, enojóse y comenzó a darme
repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo.
Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más
cólera, dijo:
-¿Es buen modo de servir
ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra
vida», entendí que era ya muerto, y dije:
-Bien me anima V. Md. en mis trabajos.
Vea cuál está aquella sotana y manteo, que ha servido de
pañizuelo a las mayores narices que se han visto jamás en paso, y
mire estas costillas.
Y con esto empecé a llorar.
Él, viendo mi llanto, creyólo, y buscando la sotana y
viéndola, compadecióse de mí y dijo:
-Pablos, abre el ojo que asan carne.
Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre.
Contéle todo lo que había
pasado y mandóme desnudar y llevar a mi aposento (que era donde
dormían cuatro criados de los huéspedes de casa). Acostéme
y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado
bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.
Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar,
que andan encadenadas y unas traían a otras. Viniéronse a acostar
los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y
cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si
en ellos no hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
-No se hiciera entre luteranos.
¿Hay tal maldad?
Otro decía:
-El retor tiene la culpa en no poner
remedio. ¿Conocerá los que eran?
Yo respondí que no, y
agradecíles la merced que me mostraban hacer. Con esto se acabaron de
desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormíme yo, que me
parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce cuando el
uno de ellos me despertó a puros gritos, diciendo:
-¡Ay, que me matan!
¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces,
unos golpazos de látigo. Yo levanté la cabeza y dije:
-¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con
una maroma me asentaron un azote con hijos en todas las espaldas.
Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro
también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a
decir:
-¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre
mí, que ya no me quedó, por haberme tirado las frazadas abajo,
otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo así, y
al punto los tres que dormían empezaron a dar gritos también, y
como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba a todos.
Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi
cama y proveyó en ella, y cubrióla, volviéndose a la suya.
Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos cuatro,
diciendo:
-¡Es gran bellaquería, y no
ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la
cama quejándome como perro cogido entre puertas, tan encogido que
parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y
yo entonces salí de donde estaba y subíme a mi cama, preguntando
si acaso les habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.
Acostéme y cubríme y
torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando
desperté halléme proveído y hecho una necesaria.
Levantáronse todos y yo tomé por achaque los azotes para no
vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso,
considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo,
había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me
hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a
mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo
estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes.
Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos
decían:
-A fe que no se escape, que el
matemático nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos si
estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la
ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:
-¿Es posible, Pablos, que no he
de poder contigo? Son las ocho ¿y estáste en la cama?
¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a
don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía
uno:
-Y si V. Md. no lo cree, levantad,
amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la
tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos
vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
-¡Cuerpo de Dios y cómo
hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era
verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el
aposento algún servicio. Decían que no se podía estar
allí. Dijo uno:
-¡Pues es muy bueno esto para
haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas
para ver debajo, y dijeron:
-Sin duda debajo de la de Pablos hay
algo; pasémosle a una de las nuestras y miremos debajo de ella.
Yo, que veía poco remedio en el
negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado
mal de corazón: agarréme a los palos, hice visajes... Ellos, que
sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
-¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del
corazón y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al alzar las
sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos
sino palomos grandes, que se hundía el aposento.
-¡Pobre de él!
-decían los bellacos (yo hacía del desmayado)-; tírele V.
Md. mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien,
tanto tiró que me le desconcertó. Los otros trataron de darme un
garrote en los muslos, y decían:
-El pobrecito agora sin duda se
ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que
yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a
peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya
me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y
por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían
hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
-¡Jesús, y qué flaco
sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos
decían adrede:
-Más va en vuestra salud que en
haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama,
después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino
considerar cómo casi era peor lo que había pasado en
Alcalá en un día que todo lo que me sucedió con Cabra. A
mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude,
lavándola como gualdrapa, y aguardé a mi amo que, en llegando, me
preguntó cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque
poco y de mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el
corredor, los otros criados, después de darme vaya, declararon la burla.
Riéronla todos, doblóse mi afrenta, y dije entre mí:
-«Avisón, Pablos, alerta». Propuse de hacer nueva vida, y
con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa
como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó
más.
  Capítulo
VI
De las crueldades de la ama, y travesuras que
hizo
«Haz como viere» dice el
refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme
de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No
sé si salí con ello, pero yo aseguro a V. Md. que hice todas las
diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a
todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del
corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos
puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros
criados, y oílos gruñir, y dije al uno:
-Vaya y vea quién gruñe en
nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo
oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que era
mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y
diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los
pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían,
todos a la par dábamos grandísimos gritos como que
cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los
vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el
corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque
mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las
morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que por no detenernos las
habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro, y nos
las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la
barriga.
Supo, pues, don Diego el caso, y
enojóse conmigo de manera que obligó a los huéspedes (que
de risa no se podían valer) a volver por mí. Preguntábame
don Diego que qué había de decir si me acusaban y me
prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría
a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me valiese,
diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que
entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo
don Diego:
-A fe, Pablos, que os hacéis a
las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y
religioso y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud
o el vicio.
No cabía el ama de contento
conmigo, porque éramos dos al mohíno: habíamonos conjurado
contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa, que desde
entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no
guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de
más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba en los
huesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si
había huesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora de porciones como
de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas,
unos caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos.
Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía
echar cabos de vela de sebo y así decía que estaban sus ollas
gordas por el cabo. Y era verdad según me lo parló un pabilo que
yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba
delante:
-Mi amo, por cierto que no hay servicio
como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele V. Md.,
que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la
plaza trae.
Yo, por el consiguiente, decía de
ella lo mismo y así teníamos engañada la casa. Si se
compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la
mitad, y cuando nos parecía, decíamos el ama y yo:
-Modérese V. Md. en el gasto, que
en verdad que si se dan tanta prisa no baste la hacienda del Rey. Ya se ha
acabado el aceite o el carbón. Pero tal prisa le han dado. Mande V. Md.
comprar más y a fe que se ha de lucir de otra manera. Denle dineros a
Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles
la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la otra mitad;
y esto era en todo, y si alguna vez compraba yo algo en la plaza por lo que
valía, reñíamos adrede el ama y yo. Ella decía:
-No me digas a mí, Pablicos, que
esto son dos cuartos de ensalada.
Yo hacía que lloraba, daba voces,
íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que enviase
al mayordomo a saberlo, para que callase la ama, que adrede porfiaba. Iban y
sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y
quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien.
Decíale don Diego, muy satisfecho de mí:
-¡Así fuese Pablicos
aplicado a virtud como es de fiar! ¿Toda esta es la lealtad que me
decís vos de él?
Tuvímoslos de esta manera,
chupándolos como sanguijuelas. Yo apostaré que V. Md. se espanta
de la suma de dinero que montaba al cabo del año. Ello mucho
debió de ser, pero no debía obligar a restitución, porque
el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días y nunca la vi rastro de
imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como
digo, una santa.
Traía un rosario al cuello
siempre, tan grande, que era más barato llevar un haz de leña a
cuestas. De él colgaban muchos manojos de imágines, cruces y
cuentas de perdones que hacían ruido de sonajas. Bendecía las
ollas y al espumar hacía cruces con el cucharón. Yo pienso que
las conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenía carne.
En todas las imágines decía que rezaba cada noche por sus
bienhechores; contaba ciento y tantos santos abogados suyos, y en verdad que
había menester todas estas ayudas para desquitarse de lo que pecaba.
Acostábase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba más
oraciones que un ciego. Entraba por el
Justo Juez y acababa en el
Conquibules, que ella decía, y en la
Salve Rehína. Decía las
oraciones en latín adrede por fingirse inocente, de suerte que nos
despedazábamos de risa todos. Tenía otras habilidades; era
conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es lo mismo que alcahueta;
pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta como al
rey de Francia sanar lamparones.
¿Pensará V. Md. que
siempre estuvimos en paz? Pues ¿quién ignora que dos amigos, como
sean codiciosos, si están juntos, se han de procurar engañar el
uno al otro? «Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su
amo», decía yo entre mí; ella debía de decir lo
mismo porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se descubriera
la hilaza. Quedamos enemigos como gatos y gatos, que en despensa es peor que
gatos y perros.
Yo, que me vi ya mal con el ama, y que
no la podía burlar, busqué nuevas trazas de holgarme y di en lo
que llaman los estudiantes correr o arrebatar. En esto me sucedieron cosas
graciosísimas, porque yendo una noche a las nueve (que anda poca gente)
por la calle Mayor, vi una confitería y en ella un cofín de pasas
sobre el tablero, y tomando vuelo, vine a agarrarle y di a correr. El confitero
dio tras mí, y otros criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que
aunque les llevaba ventaja, me habían de alcanzar, y al volver una
esquina, sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de
presto y empecé a decir, con la pierna en la mano, fingiéndome
pobre:
-¡Ay! ¡Dios se lo perdone,
que me ha pisado!
Oyéronme esto y en llegando,
empecé a decir: «Por tan alta Señora», y lo ordinario
de la «hora menguada» y «aire corrupto». Ellos se
venían desgañifando, y dijéronme:
-¿Va por aquí un hombre,
hermano?
-Ahí adelante, que aquí me
pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse;
quedé solo, llevéme el cofín a casa, conté la
burla, y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo
celebraron mucho. Por lo cual, los convidé para otra noche a verme
correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la
tienda y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por
imposible, y más por estar el confitero, por lo que sucedió al
otro de las pasas, alerta. Vine, pues, y metiendo doce pasos atrás de la
tienda mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en
llegando a la tienda, dije:
-«¡Muera!». Y
tiré una estocada por delante del confitero. Él se dejó
caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja y la
pasé y saqué en la espada y me fui con ella. Quedáronse
espantados de ver la traza y muertos de risa de que el confitero decía
que le mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con
quien él había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como
quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor,
echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó
acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
Decían los compañeros que
yo solo podía sustentar la casa con lo que corría, que es lo
mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como era muchacho y oía que me
alababan el ingenio con que salía de estas travesuras, animábame
para hacer muchas más. Cada día traía la pretina llena de
jarras de monjas, que les pedía para beber y me venía con ellas;
introduje que no diesen nada sin prenda primero.
Y así, prometí a don Diego
y a todos los compañeros, de quitar una noche las espadas a la mesma
ronda. Señalóse cuál había de ser, y fuimos juntos,
yo delante, y en columbrando la justicia, lleguéme con otro de los
criados de casa, muy alborotado, y dije:
-¿Justicia?
Respondieron:
-Sí.
-¿Es el corregidor?
Dijeron que sí. Hinquéme
de rodillas y dije:
-Señor, en sus manos de V. Md.
está mi remedio y mi venganza y mucho provecho de la república;
mande V. Md. oírme dos palabras a solas, si quiere una gran
prisión.
Apartóse; ya los corchetes
estaban empuñando las espadas y los alguaciles poniendo mano a las
varitas. Yo le dije:
-Señor, yo he venido desde
Sevilla siguiendo seis hombres los más facinorosos del mundo, todos
ladrones y matadores de hombres, y entre ellos viene uno que mató a mi
madre y a un hermano mío por saltearlos, y le está probado esto;
y vienen acompañando, según los he oído decir, a una
espía francesa; y aun sospecho, por lo que les he oído, que es...
(y bajando más la voz dije) Antonio Pérez. Con esto, el
corregidor dio un salto hacia arriba, y dijo:
-¿Y dónde
están?
-Señor, en la casa
pública; no se detenga V. Md., que las ánimas de mi madre y
hermano se lo pagarán en oraciones, y el Rey acá.
-¡Jesús! -dijo-, no nos
detengamos. ¡Hola, seguidme todos! Dadme una rodela.
Yo entonces le dije, tornándole a
apartar:
-Señor, perderse ha V. Md. si
hace eso, porque antes importa que todos V. Mds. entren sin espadas, y uno a
uno, que ellos están en los aposentos y traen pistoletes, y en viendo
entrar con espadas, como saben que no la puede traer sino la justicia,
dispararán. Con dagas es mejor, y cogerlos por detrás los brazos,
que demasiados vamos.
Cuadróle al corregidor la traza,
con la codicia de la prisión. En esto llegamos cerca, y el corregidor,
advertido, mandó que debajo de unas yerbas pusiesen todos las espadas
escondidas en un campo que está enfrente casi de la casa;
pusiéronlas y caminaron. Yo, que había avisado al otro que ellos
dejarlas y él tomarlas y pescarse a casa fuese todo uno, hízolo
así; y al entrar todos quedéme atrás el postrero, y en
entrando ellos mezclados con otra gente que entraba, di cantonada y
emboquéme por una callejuela que va a dar a la Vitoria, que no me
alcanzara un galgo.
Ellos que entraron y no vieron nada,
porque no había sino estudiantes y pícaros (que es todo uno),
comenzaron a buscarme, y no hallándome, sospecharon lo que fue, y yendo
a buscar sus espadas, no hallaron media. ¿Quién contara las
diligencias que hizo con el retor el corregidor? Aquella noche anduvieron todos
los patios reconociendo las caras y mirando las armas. Llegaron a casa, y yo,
porque no me conociesen, estaba echado en la cama con un tocador y con una vela
en la mano y un Cristo en la otra y un compañero clérigo
ayudándome a morir, y los demás rezando las letanías.
Llegó el retor y la justicia, y viendo el espectáculo, se
salieron, no persuadiéndose que allí pudiera haber habido lugar
para cosa. No miraron nada, antes el retor me dijo un responso; preguntó
si estaba ya sin habla, y dijéronle que sí; y con tanto, se
fueron desesperados de hallar rastro, jurando el retor de remitirle si le
topasen, y el corregidor de ahorcarle fuese quien fuese. Levantéme de la
cama, y hasta hoy no se ha acabado de solemnizar la burla en Alcalá.
Y por no ser largo, dejo de contar
cómo hacía monte la plaza del pueblo, pues de cajones de
tundidores y plateros y mesas de fruteras (que nunca se me olvidará la
afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba la chimenea de casa todo el
año. Callo las pensiones que tenía sobre los habares,
viñas y huertos, en todo aquello de alrededor. Con estas y otras cosas,
comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre todos.
Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban servir a don Diego, a
quien siempre tuve el respeto que era razón por el mucho amor que me
tenía.
  Capítulo VII
De la ida de don Diego, y nuevas de la muerte de su
padre y madre, y la resolución que tomó en sus cosas para
adelante
En este tiempo vino a don Diego una
carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de un tío mío
llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en
Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se
habían hecho de cuarenta años a esta parte, han pasado por sus
manos. Verdugo era, si va a decir la verdad, pero una águila en el
oficio; vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar. Este, pues, me
escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:
«Hijo Pablos (que por el mucho
amor que me tenía me llamaba así), las ocupaciones grandes de
esta plaza en que me tiene ocupado Su Majestad no me han dado lugar a hacer
esto, que si algo tiene malo el servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita
con esta negra honrilla de ser sus criados.
Pésame de daros nuevas de poco
gusto. Vuestro padre murió ocho días ha con el mayor valor que ha
muerto hombre en el mundo; dígolo como quien lo guindó.
Subió en el asno sin poner pie en el estribo; veníale el sayo
vaquero que parecía haberse hecho para él, y como tenía
aquella presencia, nadie le veía con los Cristos delante que no le
juzgase por ahorcado. Iba con gran desenfado mirando a las ventanas y haciendo
cortesías a los que dejaban sus oficios por mirarle; hízose dos
veces los bigotes; mandaba descansar a los confesores y íbales alabando
lo que decían bueno.
Llegó a la N de palo, puso el un
pie en la escalera, no subió a gatas ni despacio y viendo un
escalón hendido, volvióse a la justicia y dijo que mandase
aderezar aquel para otro, que no todos tenían su hígado. No os
sabré encarecer cuán bien pareció a todos.
Sentóse arriba, tiró las
arrugas de la ropa atrás, tomó la soga y púsola en la
nuez. Y viendo que el teatino le quería predicar, vuelto a él, le
dijo: -«Padre, yo lo doy por predicado; vaya un poco de Credo, y acabemos
presto, que no querría parecer prolijo». Hízose así;
encomendóme que le pusiese la caperuza de lado y que le limpiase las
barbas. Yo lo hice así. Cayó sin encoger las piernas ni hacer
gesto; quedó con una gravedad que no había más que pedir.
Hícele cuartos y dile por sepultura los caminos. Dios sabe lo que a
mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero yo
entiendo que los pasteleros de esta tierra nos consolarán,
acomodándole en los de a cuatro.
De vuestra madre, aunque está
viva agora, casi os puedo decir lo mismo, porque está presa en la
Inquisición de Toledo, porque desenterraba los muertos sin ser
murmuradora. Halláronla en su casa más piernas, brazos y cabezas
que en una capilla de milagros. Y lo menos que hacía era sobrevirgos y
contrahacer doncellas. Dicen que representará en un auto el día
de la Trinidad, con cuatrocientos de muerte. Pésame que nos deshonra a
todos, y a mí principalmente, que al fin soy ministro del Rey y me
están mal estos parentescos.
Hijo, aquí ha quedado no
sé qué hacienda escondida de vuestros padres; será en todo
hasta cuatrocientos ducados. Vuestro tío soy, y lo que tengo ha de ser
para vos. Vista ésta, os podéis venir aquí, que con lo que
vos sabéis de latín y retórica, seréis singular en
el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto, Dios os
guarde».
No puedo negar que sentí mucho la
nueva afrenta, pero holguéme en parte (tanto pueden los vicios en los
padres, que consuela de sus desgracias, por grandes que sean, a los hijos).
Fuime corriendo a don Diego, que estaba leyendo la carta de su padre, en que le
mandaba que se fuese y que no me llevase en su compañía, movido
de las travesuras mías que había oído decir. Díjome
que se determinaba ir y todo lo que le mandaba su padre, que a él le
pesaba de dejarme y a mí más; díjome que me
acomodaría con otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo, en
esto, riéndome, le dije:
-Señor, ya soy otro, y otros mis
pensamientos; más alto pico y más autoridad me importa tener.
Porque si hasta agora tenía como cada cual mi piedra en el rollo, agora
tengo mi padre.
Declaréle cómo
había muerto tan honradamente como el más estirado, cómo
le trincharon y le hicieron moneda, cómo me había escrito mi
señor tío, el verdugo, de esto y de la prisioncilla de mama, que
a él, como a quien sabía quién yo soy, me pude descubrir
sin vergüenza. Lastimóse mucho y preguntóme que qué
pensaba hacer. Dile cuenta de mis determinaciones; y con tanto, al otro
día, él se fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la
casa disimulando mi desventura.
Quemé la carta porque,
perdiéndoseme acaso, no la leyese alguien, y comencé a disponer
mi partida para Segovia, con fin de cobrar mi hacienda y conocer mis parientes
para huir de ellos.
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