| |
T r i s t a
n a
Benito Peréz
Galdós
Proyecto Salón Hogar
Pagina [1]
Escena II
|
|
|
DOÑA IRENE,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Sola y a oscuras me habéis
dejado allí.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Como estaba usted acabando su carta,
mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que está mucho
más fresco.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pero aquella muchacha,
¿qué hace que no trae una luz? Para cualquiera cosa se
está un año... Y yo tengo un genio como una pólvora...
(Siéntase.) Sea todo por
Dios... ¿Y Don Diego? ¿No ha venido?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Me parece que no.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pues cuenta, niña, con lo que
te he dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos veces. Este
caballero está sentido, y con muchísima razón.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Bien: sí, señora; ya lo
sé. No me riña usted más.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
No es esto reñirte, hija
mía; esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento
para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada
que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu pobre madre...
Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica... Que se dejaba pedir
aquel caribe de Don Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los
treinta reales por cada papelillo de píldoras de coloquíntida y
asafétida... Mira que un casamiento como el que vas a hacer, muy pocas
le consiguen. Bien que a las oraciones de tus tías, que son unas
bienaventuradas, debemos agradecer esta fortuna, y no a tus méritos ni a
mi diligencia... ¿Qué dices?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Yo, nada, mamá.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pues nunca dices nada.
¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto no te
ocurre nada que decir.
|
Escena III
|
|
|
RITA,
DOÑA IRENE,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
Sale
RITA por la puerta del foro con luces y las pone
encima de la mesa.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Vaya, mujer, yo pensé que en
toda la noche no venías.
|
|
|
RITA.-
Señora, he tardado porque han
tenido que ir a comprar las velas. Como el tufo del velón la hace a
usted tanto daño...
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Seguro que me hace muchísimo
mal, con esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que
quitármelos; ¡si no me sirvieron de nada! Con las obleas me parece
que me va mejor... Mira, deja una luz ahí, y llévate la otra a mi
cuarto, y corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.
|
|
|
RITA.-
Muy bien.
(Toma una luz y hace que se
va.)
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
(Aparte, a
RITA.) ¿No ha venido?
|
|
|
RITA.-
Vendrá.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Oyes, aquella carta que está
sobre la mesa, dásela al mozo de la posada para que la lleve al instante
al correo...
(Vase
RITA al cuarto de
DOÑA IRENE.) Y tu, niña,
¿qué has de cenar? Porque será menester recogernos presto
para salir mañana de madrugada.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Como las monjas me hicieron
merendar...
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Con todo eso... Siquiera unas sopas
del puchero para el abrigo del estómago...
(Sale
RITA con una carta en la mano, y hasta el fin de
la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el
diálogo.) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al medio
día, y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luego que
estén.
|
|
|
RITA.-
¿Y nada más?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
No, nada más... ¡Ah!, y
házmelas bien caldositas.
|
|
|
RITA.-
Sí, ya lo sé.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Rita.
|
|
|
RITA.-
(Aparte.) Otra.
¿Qué manda usted?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Encarga mucho al mozo que lleve la
carta al instante... Pero no, señor; mejor es... No quiero que la lleve
él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has de decir a
Simón que digo yo que me haga el gusto de echarla en el correo.
¿Lo entiendes?
|
|
|
RITA.-
Sí, señora.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¡Ah!, mira.
|
|
|
RITA.-
(Aparte.) Otra.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Bien que ahora no corre prisa... Es
menester que luego me saques de ahí al tordo y colgarle por aquí,
de modo que no se caiga y se me lastime...
(Vase
RITA por la puerta del foro.)
¡Qué noche tan mala me dio!... ¡Pues no se estuvo el animal
toda la noche de Dios rezando el Gloria Patri y la oración del Santo
Sudario!... Ello, por otra parte, edificaba, cierto. Pero cuando se trata de
dormir...
|
Escena IV
|
|
|
DOÑA IRENE,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pues mucho será que Don Diego
no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto
que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano!
¡Tan atento! ¡Tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y
generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y posibles... ¡Y
qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello.
¡Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina!
¡Y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero
tú no parece que atiendes a lo que estoy diciendo.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Sí, señora, bien lo
oigo; pero no la quería interrumpir a usted.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Allí estarás, hija
mía, como el pez en el agua. Pajaritas del aire que apetecieras las
tendrías, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan
de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de
veras el que siempre que te hablo de esto hayas dado en la flor de no
responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Mamá, no se enfade usted.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
No es buen empeño de...
¿Y te parece a ti que no sé yo muy bien de dónde viene
todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa
cabeza de chorlito?... ¡Perdóneme Dios!
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Pero... Pues ¿qué sabe
usted?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¿Me quieres engañar a
mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y
mucha penetración para que tú me engañes.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
(Aparte.) ¡Perdida soy!
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Sin contar con su madre... Como si tal
madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta
ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque
hubiera tenido que ir a pie y sola por ese camino, te hubiera sacado de
allí... ¡Mire usted qué juicio de niña éste!
Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza
el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni
qué... En todos los estados se sirve a Dios, Frasquita; pero el
complacer a su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus
trabajos, ésa es la primera obligación de una hija obediente... Y
sépalo usted, si no lo sabe.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Es verdad, mamá... Pero yo
nunca he pensado abandonarla a usted.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Sí, que no sé yo...
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
No, señora. Créame
usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará
disgustos.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Mira si es cierto lo que dices.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Sí, señora; que yo no
sé mentir.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pues, hija, ya sabes lo que te he
dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te
portas en todo como corresponde... Cuidado con ello.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
(Aparte.) ¡Pobre de
mí!
|
Escena V
|
|
|
DON DIEGO,
DOÑA IRENE,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
Sale
DON DIEGO por la puerta del foro y deja sobre la mesa
sombrero y bastón.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pues ¿cómo tan
tarde?
|
|
|
DON DIEGO.-
Apenas salí tropecé con
el Padre Guardián de San Diego y el doctor Padilla, y hasta que me han
hartado bien de chocolate y bollos no me han querido soltar...
(Siéntase junto a
DOÑA IRENE.) Y a todo esto,
¿cómo va?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Muy bien.
|
|
|
DON DIEGO.-
¿Y Doña Paquita?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Doña Paquita siempre
acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto
y pensar sólo en dar gusto a su madre y obedecerla.
|
|
|
DON DIEGO.-
¡Qué diantre!
¿Conque tanto se acuerda de...?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¿Qué se admira usted?
Son niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una
edad, así, tan...
|
|
|
DON DIEGO.-
No; poco a poco, eso no. Precisamente
en esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que
en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía imperfecta
y débil, los ímpetus del corazón son mucho más
violentos...
(Asiendo de una mano a
DOÑA FRANCISCA, la hace sentar inmediata a
él.) Pero de veras, Doña Paquita, ¿se
volvería usted al convento de buena gana?... La verdad.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pero si ella no...
|
|
|
DON DIEGO.-
Déjela usted, señora;
que ella responderá.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Bien sabe usted lo que acabo de
decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.
|
|
|
DON DIEGO.-
Pero eso lo dice usted tan afligida
y...
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Si es natural, señor.
¿No ve usted que...?
|
|
|
DON DIEGO.-
Calle usted, por Dios, Doña
Irene, y no me diga usted a mí lo que es natural. Lo que es natural es
que la chica esté llena de miedo y no se atreva a decir una palabra que
se oponga a lo que su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida
mía, que estábamos lucidos.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
No, señor; lo que dice su
merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me mande la
obedeceré.
|
|
|
DON DIEGO.-
¡Mandar, hija mía! En
estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan.
Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso
sí;¡pero mandar!... ¿Y quién ha de evitar
después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues,
¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas,
verificadas solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no
debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada
la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre o su tío se
empeñaron en regalar a Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No,
señor; eso no va bien... Mire usted, Doña Paquita, yo no soy de
aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura
ni mi edad son para enamorar perdidamente a nadie; pero tampoco he
creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase a
quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece a la amistad,
y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo
no he ido a buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente
libertad... Decente, que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la
virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no
estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible que yo? Y
en Madrid, figúrese usted en un Madrid... Lleno de estas ideas me
pareció que tal vez hallaría en usted todo cuanto deseaba.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Y puede usted creer, señor Don
Diego, que...
|
|
|
DON DIEGO.-
Voy a acabar señora;
déjeme usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que
habrán influido en una niña tan bien inclinada como usted las
santas costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la
devoción y la virtud; pero si, a pesar de todo esto, la
imaginación acalorada, las circunstancias imprevistas, la hubiesen hecho
elegir sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia.
Yo soy ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás.
Esto mismo la pido a usted, Paquita: sinceridad. El cariño que a usted
la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer
una injusticia, y sabe muy bien que a nadie se le hace dichoso por fuerza. Si
usted no halla en mí prendas que la inclinen, si siente algún
otro cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor
disimulación en esto nos daría a todos muchísimo que
sentir.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¿Puedo hablar ya,
señor?
|
|
|
DON DIEGO.-
Ella, ella debe hablar, y sin
apuntador y sin intérprete.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Cuando yo se lo mande.
|
|
|
DON DIEGO.-
Pues ya puede usted mandárselo,
porque a ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Yo creo, señor Don Diego, que
ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien
dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días ha,
cuando le di parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto a ver desde
que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y a cuantos pasan por el
Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos
envía memorias con el ordinario.
|
|
|
DON DIEGO.-
Y bien, señora,
¿qué escribió el padrino?... O, por mejor decir,
¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Sí señor que tiene que
ver; sí señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro a usted que ni un
padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me
envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún
catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como
quien dice, un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el
ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de
todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta
venía en latín, no le parezca a usted, y muy buenos consejos que
me daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está
sucediendo.
|
|
|
DON DIEGO.-
Pero, señora, si no sucede
nada, ni hay cosa que a usted la deba disgustar.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Pues ¿no quiere usted que me
disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que...?
¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera...
¡Válgame Dios!..., la mataba a golpes, mire usted...
Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no chiste.
Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce
años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa
mujer. Díselo para que se tranquilice, y...
|
|
|
DON DIEGO.-
Yo, señora, estoy más
tranquilo que usted.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Respóndele.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Yo no sé qué decir. Si
ustedes se enfadan...
|
|
|
DON DIEGO.-
No, hija mía; esto es dar
alguna expresión a lo que se dice; pero enfadarnos no, por cierto.
Doña Irene sabe lo que yo la estimo.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Sí, señor, que lo
sé, y estoy sumamente agradecida a los favores que usted nos hace... Por
eso mismo...
|
|
|
DON DIEGO.-
No se hable de agradecimiento; cuanto
yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que Doña Paquita
esté contenta.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¿Pues no ha de estarlo?
Responde.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Sí, señor, que lo
estoy.
|
|
|
DON DIEGO.-
Y que la mudanza de estado que se la
previene no la cueste el menor sentimiento.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
No, señor, todo al contrario...
Boda más a gusto de todos no se pudiera imaginar.
|
|
|
DON DIEGO.-
En esa inteligencia, puedo asegurarla
que no tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra
compañía vivirá querida y adorada, y espero que a fuerza
de beneficios he de merecer su estimación y su amistad.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Gracias, señor don Diego...
¡A una huérfana, pobre, desvalida como yo!...
|
|
|
DON DIEGO.-
Pero de prendas tan estimables que la
hacen a usted digna todavía de mayor fortuna.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Ven aquí, ven... Ven
aquí, Paquita.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¡Mamá!
(Levántase, abraza a su madre y se
acarician mutuamente.)
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¿Ves lo que te quiero?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Sí, señora.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¿Y cuánto procuro tu
bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo
falte?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Bien lo conozco.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¡Hija de mi vida! ¿Has de
ser buena?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Sí, señora.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
¡Ay, que no sabes tú lo
que te quiere tu madre!
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Pues ¿qué? ¿No la
quiero yo a usted?
|
|
|
DON DIEGO.-
Vamos, vamos de aquí.
(Levántase
DON DIEGO, y después
DOÑA IRENE.) No venga alguno y nos
halle a los tres llorando como tres chiquillos.
|
|
|
DOÑA IRENE.-
Sí, dice usted bien.
(Vanse los dos al cuarto de
DOÑA IRENE.
DOÑA FRANCISCA va detrás, y
RITA, que sale por la puerta del foro, la hace
detener.)
|
Escena VI
|
|
|
RITA,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
RITA.-
Señorita... ¡Eh!, chit...
señorita.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Qué quieres?
|
|
|
RITA.-
Ya ha venido.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Cómo?
|
|
|
RITA.-
Ahora mismo acaba de llegar. Le he
dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¡Ay, Dios!... ¿Y
qué debo hacer?
|
|
|
RITA.-
¡Donosa pregunta!... Vaya, lo
que importa es no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... y
juicio... Y mire usted que, en el paraje en que estamos, la conversación
no puede ser muy larga... Ahí está.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Sí... Él es.
|
|
|
RITA.-
Voy a cuidar de aquella gente...
Valor, señorita, y resolución.
(RITA se va al cuarto de
DOÑA IRENE.)
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
No, no; que yo también... Pero
no lo merece.
|
Escena VII
|
|
|
DON CARLOS,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
Sale
DON CARLOS por la puerta del foro.
|
|
|
DON CARLOS.-
¡Paquita!... ¡Vida
mía! Ya estoy aquí... ¿Cómo va, hermosa,
cómo va?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Bien venido.
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Cómo tan triste?...
¿No merece mi llegada más alegría?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Es verdad, pero acaban de sucederme
cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe
usted... Después de escrita aquella carta, fueron por mí...
Mañana a Madrid... Ahí está mi madre.
|
|
|
DON CARLOS.-
¿En dónde?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Ahí, en ese cuarto.
(Señalando al cuarto de
DOÑA IRENE.)
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Sola?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
No, señor.
|
|
|
DON CARLOS.-
Estará en
compañía del prometido esposo.
(Se acerca al cuarto de
DOÑA IRENE, se detiene y vuelve.)
Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Nadie más, solos
están... ¿Qué piensa usted hacer?
|
|
|
DON CARLOS.-
Si me dejase llevar de mi
pasión, y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo
hay... Él también será hombre de honor, y no es justo
insultarle porque quiere bien a una mujer tan digna de ser querida... Yo no
conozco a su madre de usted ni... Vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro
de usted merece la primera atención.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Es mucho el empeño que tiene en
que me case con él.
|
|
|
DON CARLOS.-
No importa.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Quiere que esta boda se celebre
así que lleguemos a Madrid.
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Cuál?... No. Eso
no.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Los dos están de acuerdo, y
dicen...
|
|
|
DON CARLOS.-
Bien... Dirán... Pero no puede
ser.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Mi madre no me habla continuamente de
otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su
parte, me ofrece tantas cosas, me...
|
|
|
DON CARLOS.-
Y usted, ¿qué esperanza
le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¡Ingrato!... ¿Pues no
sabe usted que...? ¡Ingrato!
|
|
|
DON CARLOS.-
Sí; no lo ignoro, Paquita... Yo
he sido el primer amor.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Y el último.
|
|
|
DON CARLOS.-
Y antes perderé la vida que
renunciar al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es
mío... ¿Digo bien?
(Asiéndola de las
manos.)
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Pues de quién ha de
ser?
|
|
|
DON CARLOS.-
¡Hermosa! ¡Qué
dulce esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para
todo me da valor... En fin, ya estoy aquí... ¿Usted me llama para
que la defienda, la libre, la cumpla una obligación mil y mil veces
prometida? Pues a eso mismo vengo yo... Si ustedes se van a Madrid
mañana, yo voy también. Su madre de usted sabrá
quién soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano
respetable y virtuoso, a quien más que tío debo llamar amigo y
padre. No tiene otro deudo más inmediato ni más querido que yo;
es hombre muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted
algún atractivo, esta circunstancia añadiría felicidades a
nuestra unión.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Y qué vale para
mí toda la riqueza del mundo?
|
|
|
DON CARLOS.-
Ya lo sé. La ambición no
puede agitar a un alma tan inocente.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Querer y ser querida... No apetezco
más ni conozco mayor fortuna.
|
|
|
DON CARLOS.-
Ni hay otra... Pero debe usted
serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción presente en
durables dichas.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Y qué se ha de hacer
para que a mi pobre madre no le cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere
tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me
apartaré de su lado jamás; que siempre seré obediente y
buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan consolada con
lo poco que acerté a decirla... Yo no sé, no sé qué
camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos.
|
|
|
DON CARLOS.-
Yo le buscaré... ¿No
tiene usted confianza en mí?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Pues no he de tenerla?
¿Piensa usted que estuviera yo viva si esta esperanza no me animase?
Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de
hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto,
sin tener a quién volver los ojos, ni poder comunicar a nadie la causa
de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba de
darme con su venida la prueba de lo mucho que me quiere.
(Se enternece y llora.)
|
|
|
DON CARLOS.-
¡Qué llanto!...
¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto para
defenderla a usted de cuantos quieran oprimirla. A un amante favorecido,
¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Es posible?
|
|
|
DON CARLOS.-
Nada... Amor ha unido nuestras almas
en estrechos nudos y sólo la muerte bastará a dividirlas.
|
Escena VIII
|
|
|
RITA,
DON CARLOS,
DOÑA FRANCISCA.
|
|
|
RITA.-
Señorita, adentro. La
mamá pregunta por usted. Voy a traer la cena, y se van a recoger al
instante... Y usted, señor galán, ya puede también
disponer de su persona.
|
|
|
DON CARLOS.-
Sí, que no conviene anticipar
sospechas... Nada tengo que añadir.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Ni yo.
|
|
|
DON CARLOS.-
Hasta mañana. Con la luz del
día veremos a este dichoso competidor.
|
|
|
RITA.-
Un caballero muy honrado, muy rico,
muy prudente; con su chupa larga, su camisola limpia y sus sesenta años
debajo del peluquín.
(Se va por la puerta del
foro.)
|
|
|
Dª FRANCISCA.-
Hasta mañana.
|
|
|
DON CARLOS.-
Adiós. Paquita.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Acuéstese usted y descanse.
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Descansar con celos?
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿De quién?
|
|
|
DON CARLOS.-
Buenas noches... Duerma usted bien,
Paquita.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
¿Dormir con amor?
|
|
|
DON CARLOS.-
Adiós, vida mía.
|
|
|
DOÑA FRANCISCA.-
Adiós.
(Éntrase al cuarto de
DOÑA IRENE.)
|
Escena IX
|
|
|
DON CARLOS,
CALAMOCHA,
RITA.
|
|
|
DON CARLOS.-
¡Quitármela!
(Paseándose inquieto.)
No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan
imprudente que se obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su
hija..., mediando yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será
muy rico... ¡El dinero!... Maldito él sea, que tantos
desórdenes origina.
|
|
|
CALAMOCHA.-
Pues, señor
(Sale por la puerta del foro.) ,
tenemos un medio cabrito asado, y... a lo menos parece cabrito. Tenemos una
magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia
extraña, bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos
pecadoras, que no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la Tercia...
Conque, si hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno...
|
|
|
DON CARLOS.-
Vamos... ¿Y adónde ha de
ser?
|
|
|
CALAMOCHA.-
Abajo.. Allí he mandado
disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
|
|
|
RITA.-
¿Quién quiere sopas?
(Sale por la puerta del foro con unos
platos, taza, cucharas y servilleta.)
|
|
|
DON CARLOS.-
Buen provecho.
|
|
|
CALAMOCHA.-
Si hay alguna real moza que guste de
cenar cabrito, levante el dedo.
|
|
|
RITA.-
La real moza se ha comido ya media
cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
(Éntrase al cuarto de
DOÑA IRENE.)
|
|
|
CALAMOCHA.-
Agradecida te quiero yo, niña
de mis ojos.
|
|
|
DON CARLOS.-
Conque ¿vamos?
|
|
|
CALAMOCHA.-
¡Ay, ay, ay!...
(CALAMOCHA se encamina a la
puerta del foro, y vuelve; hablan él y
DON CARLOS, con reservas, hasta que
CALAMOCHA se adelanta a saludar a
SIMÓN.) ¡Eh! Chit,
digo...
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Qué?
|
|
|
CALAMOCHA.-
¿No ve usted lo que viene por
allí?
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Es Simón?
|
|
|
CALAMOCHA.-
El mismo... Pero ¿quién
diablos le...?
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Y qué haremos?
|
|
|
CALAMOCHA.-
¿Qué sé yo?...
Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted licencia para que...?
|
|
|
DON CARLOS.-
Sí; miente lo que quieras...
¿A qué habrá venido este hombre?
|
Escena X
|
|
|
SIMÓN,
DON CARLOS,
CALAMOCHA.
|
|
|
SIMÓN sale por la puerta
del foro.
|
|
|
CALAMOCHA.-
Simón, ¿tú por
aquí?
|
|
|
SIMÓN.-
Adiós, Calamocha.
¿Cómo va?
|
|
|
CALAMOCHA.-
Lindamente.
|
|
|
SIMÓN.-
¡Cuánto me alegro
de...!
|
|
|
DON CARLOS.-
¡Hombre! ¿Tú en
Alcalá? ¿Pues qué novedad es ésta?
|
|
|
SIMÓN.-
¡Oh, que estaba usted
ahí, señorito!... ¡Voto a sanes!
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Y mi tío?
|
|
|
SIMÓN.-
Tan bueno.
|
|
|
CALAMOCHA.-
¿Pero se ha quedado en Madrid,
o...?
|
|
|
SIMÓN.-
¿Quién me había
de decir a mí...? ¡Cosa como ella! Tan ajeno estaba yo ahora de...
Y usted, de cada vez más guapo... ¿Conque usted irá a ver
al tío, eh?
|
|
|
CALAMOCHA.-
Tú habrás venido con
algún encargo del amo.
|
|
|
SIMÓN.-
¡Y qué calor traje, y
qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!
|
|
|
CALAMOCHA.-
Alguna cobranza tal vez,
¿eh?
|
|
|
DON CARLOS.-
Puede ser. Como tiene mi tío
ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido a eso?
|
|
|
SIMÓN.-
¡Y qué buena mula le ha
salido el tal administrador! Labriego más marrullero y más
bellaco no le hay en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora
de Zaragoza?
|
|
|
DON CARLOS.-
Pues... Figúrate tú.
|
|
|
SIMÓN.-
¿O va usted allá?
|
|
|
DON CARLOS.-
¿Adónde?
|
|
|
SIMÓN.-
A Zaragoza. ¿No está
allí el regimiento?
|
|
|
CALAMOCHA.-
Pero, hombre, si salimos el verano
pasado de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de
cuatro leguas?
|
|
|
SIMÓN.-
¿Qué sé yo?
Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe
de ser un camino muy malo.
|
|
|
CALAMOCHA.-
(Aparte, separándose de
SIMÓN.) ¡Maldito seas
tú y tu camino, y la bribona que te dio papilla!
|
|
|
DON CARLOS.-
Pero aún no me has dicho si mi
tío está en Madrid o en Alcalá, ni a qué has
venido, ni...
|
|
|
SIMÓN.-
Bien, a eso voy... Sí
señor, voy a decir a usted... Conque... Pues el amo me dijo...
|
Escena XI
|
|
|
DON DIEGO,
DON CARLOS,
| |